Perfiles misioneros y espirituales

 

 

MADELEINE DELBRÊL A LA LUZ DE LA ENCÍCLICA SPE SALVI/2

Si el cielo no está vacío, la misión no es facultativa, para los cristianos

 

Ateísmo: lugar favorable a nuestra conversión

Reflexionemos sobre este tema, porque uno de los grandes desafíos que la Iglesia hoy tiene que afrontar es el regreso del ateísmo, y esto se nota también en la producción literaria sobre el argumento.

En Madeleine, el camino de Cristo en nosotros y la misión, en plena comunión con la Iglesia, van juntos. Por esto, ella elige trabajar como asistente social en una ciudad marxista, y considera precisamente el ateísmo como “lugar favorable a nuestra conversión”. Nuestro cambio, nuestro adecuarnos, día por día y hora por hora, a la palabra de Dios es condición sine qua non de nuestro ser misioneros. Delbrêl lo repite con insistencia: ¡ay de mí! “si evangelizar no me evangeliza”, ya que “nada nos dará el acceso al corazón del nuestro prójimo, si no el hecho de haber dado a Cristo el acceso al nuestro”.

En este sentido, la misión es la plenitud de la vida cristiana.

Su mística misionera le hace experimentar que, aún antes de que en las personas a quienes se siente enviada, es en ella donde se lleva a cabo la unión entre Dios y los hombres: “A través de Ti [Cristo], nosotros somos la bisagra de carne, la bisagra de gracia. (…) En nosotros el sacramento de Tu amor se realiza. (…) Nosotros Te amamos, nosotros los amamos, a fin de que una sola cosa sea hecha de todos nosotros”.

Ella vive en comunión con el universo, como aquellos contemplativos quienes, partiendo del amor de Dios, van hacia todos y vuelven a Él en nombre de cada hombre, aunque permaneciendo donde Dios la envía: es aquel el lugar de la santidad, el punto en que nos sumergimos hasta el final, como si nos zambullésemos en Dios mismo, y del cual debemos conocer las problemáticas; lo que hará con empeño desafiando la tentación, que venció a tantos católicos, de abrazar las ideas marxistas. En el estudio profundizado, por aquella confianza en la inteligencia que le hacía decir “que si desprecias la razón, no honrarás la gracia”, Madeleine descubre el punto de rotura profundo, el rechazo de Dios, que nunca habría podido aceptar, y que le recuerda su recorrido de vida. Su análisis es muy actual. La diferencia –escribe– entre la esperanza de sus amigos comunistas y la cristiana es que la primera es una esperanza humana sobre el mundo y sus leyes, esto es, sobre la “materia”. La cristiana viene de Dios, no depende de nosotros. Así afirma el Papa, con referencia a Marx, en la Spe salvi: “Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es solo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo solo desde fuera, creando condiciones económicas favorables” (n.° 21). Y también: “El cielo no está vacío. La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal” (n.° 5).

Y Madeleine, que reconocía en el mundo comunista un desafío apasionante, porque “nos pone en crisis y nos ataca precisamente en lo esencial de nuestra esperanza”, dice: “Lo que debemos dar a los comunistas –porque son nuestro prójimo– es la esperanza sobrenatural, la esperanza que nos da Dios, la esperanza que tenemos que pedir siempre a Dios. Esta es deseo de Dios, pasión por Dios, compasión para el mundo. Está hecha para encarnarse en nuestro corazón. Crea en él las expectativas que son de Jesucristo, las de la pasión de Dios y de la compasión de Dios para todos los hombres, como para cada hombre”.

La felicidad no es la justicia distributiva

Es en el interior de esta pasión por el hombre, por los desheredados, por el proletariado, tan fuerte en su época, donde ella quiere llevar la respuesta cristiana. Madeleine hace un análisis lúcido del rostro moderno de la vida de los hombres; conoce el sufrimiento del trabajo agobiante, que en el interior de ciertas fajas sociales es la única posibilidad ocupacional, y también el cambio antropológico que ha acontecido en un hombre ya vinculado solo al sueldo, por el cual lo sacrifica todo, también los afectos, y que ha modificado el paradigma mismo de la actividad humana: “Ya no se busca ser pagados por un trabajo, sino trabajar para ser pagados”. Ella ve la enajenación de esto, por lo que “no encontramos, en el mundo del trabajo, sino una minoría que pueda utilizar lo máximo de su pensamiento y de su voluntad”, unida a la cosificación de los hombres, reducidos a engranajes. Pero, estos hombres “tienen el derecho de ser evangelizados. Debemos atrevernos a decir a ellos, si los hemos transformado en hermanos: que la felicidad no es la justicia distributiva sino la pobreza”; sí, porque el mañana nunca será de veras justo, y cuanto el hombre podrá encontrar en el mundo nunca sonará como eterno. Por esto, él tiene el derecho de encontrar delante de sí a alguien que está en relación con Dios, que es una persona verdadera y realizada, que no tiene miedo de hablar y de confrontarse, que no esconde lo que piensa, y dice lo que ellos no saben: quién es Jesucristo.

Decir que la felicidad no se encuentra en la justicia distributiva, sino en la pobreza, no es otra forma de enajenación, esta vez consolatoria. Madeleine misma sabe que, si Dios es, para nosotros, el único bien absoluto, es necesario que tomemos seriamente, como procedentes de él, también los bienes que los hombres desean, y que consideremos el mal que causa la privación de ellos. Por esto, su visión se une a un análisis importante sobre la distinción entre Reino de Dios y mundo, que nos da indicaciones precisas también para el hoy de la misión de la Iglesia.

“El Reino de Dios no es el amor del mundo, sino el de los hombres. El mundo no es una realidad absoluta: es un relativo”, algo posible aquí y hora que “se modifica continuamente por el juego de las fuerzas buenas y malas de los corazones de todos los hombres”. Para Madeleine, no es trabajando en la construcción del mundo como se podrá hacerlo mejor: es un hombre mejor quien hará un mundo mejor. Y no es haciendo coincidir los resultados, los “balances” del Reino de Dios con los del mundo como se puede medir su llegada. “No es la suma de las ciudades justas la que construirá a la Jerusalén celestial”, sino el amor de Iglesias pequeñas o grandes, formadas por hombres santos, el que causará la redención de muchos. No es la victoria momentánea del mal la que debe espantarnos: también períodos de caos y atrocidades, ella nos explica, pueden permitir que hombres ardan de pasión y de una tal intensidad de fe hasta engendrar salvación. El desarrollo del Reino en el mundo tiene una perspectiva de eternidad que se debe respetar. “Al lado de las liberaciones económicas que el mundo predica, (…) Cristo anuncia la liberación del mal”. Resuenan nuevamente las palabras de la Spe salvi acerca de Marx: “Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado” (n.° 21).

A este propósito, Madeleine recuerda que Cristo no ha hecho diferencias entre clases sociales. Muchos cristianos buscan la verdadera liberación solo en su vida particular, y siguen aceptando la dictadura del mal en la sociedad; otros se hacen pobres con los pobres, pero no cumplen sino un primer paso, tal vez, el más fácil. Cristo ha hablado con los ricos y con los pobres, porque pide algo totalmente diferente: la renovación del corazón, una conversión esencial que, en la vida de cada uno, hará nuevas todas las cosas. San Pablo no ha hecho una batalla contra la esclavitud, sino que fue el corazón de los cristianos por él evangelizados el que ya no aceptó poseer esclavos. El Evangelio es para todos, no solo para los pobres; es un anuncio a los pecadores, mejor dicho, siempre es un encuentro entre dos pecadores.

La Spe salvi confirma: “El cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó. Jesús no era Espartaco, no era un combatiente por una liberación política como Barrabás o Bar-Kokebá. Lo que Jesús había traído, habiendo muerto Él mismo en la cruz, era algo totalmente diverso: el encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo y, así, el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transformaba desde dentro la vida y el mundo” (n.° 4).

El problema de fondo, para Delbrêl, es el de encontrarse frente a un mundo mudo y sordo. Algunos confunden la fe con una simple “mentalidad cristiana” o el “sentido común”. La descristianización galopante, en efecto, es producida también por el repliegue de los cristianos en los sectores sociales privilegiados, por la falta de anuncio del Evangelio con las palabras y con la vida, pero es fruto también de la miseria espiritual en la que ha sido dejada la gente, la cual hoy ya no está ni siquiera en condiciones de escuchar. Esta es la gran dificultad. Precisa volver a dar el oído para escuchar, mientras la voz tiene que seguir gritando en el desierto. También Madeleine se da cuenta de que las condiciones de Francia, país de misión, son muy diferentes de aquellas de los así llamados “territorios de misión”, allá donde Cristo tiene que ser conocido todavía. Las personas con las que está en contacto, en efecto, habían ya recibido la luz de Cristo y la habían rechazado.

Los ateos, los no creyentes o los indiferentes parecen como inmunes, como vacunados contra el Evangelio, que conocen de manera deformada. Ya no es problema de lenguaje distante, extranjero o de mensaje traicionado por malos testigos. Se trata de una sordera también intelectual hacia lo sobrenatural, y hacia lo que en el hombre no puede estar satisfecho por el mundo. Podemos traducir así: ya no hay el pedido de lo absoluto.

Mariangela Mammi

(Continúa)


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

26/01/2015