Perfiles misioneros y espirituales

 

 

MADELEINE DELBRÊL A LA LUZ DE LA ENCÍCLICA SPE SALVI/3

Si el cielo no está vacío, la misión no es facultativa, para los cristianos

 

Una parroquia misionera

Delante de este análisis, nos entran ganas de preguntar, cuál es su receta.

Delbrêl es figura de gran amor a la Iglesia, como madre, también en su componente jerárquica, en contraposición a algunas tendencias del período. Constituye un punto de referencia de esto, además, su recurso, en los momentos más difíciles, a la ciudad de Roma, a san Pedro y al ahondamiento en su fe, a consecuencia de un breve encuentro con Pío XII, a través del cual capta la exigencia del apostolado como invito a despertar en ella y en los creyentes el sentido de la adoración; adoración de un Dios que puede y quiere ser conocido por todos los hombres como existente y amante.

En una vida entre los no creyentes, son los creyentes quienes atraen, frecuentemente, su atención.

En aquel momento, primera mitad del siglo XX, en Francia está abierta la discusión sobre la “parroquia misionera”, y ella delinea algunos rasgos acerca de esta. La liturgia, por ejemplo, es útil que sea “misionera”, esto es, comprensible a los no creyentes, pero la cosa más urgente es que sea accesible a los fieles, que sirva a los fieles para vivir su vocación apostólica, para ejercer su función de orantes entre sus hermanos no creyentes y Dios, de vínculo que deben ser entre Dios y quienes no lo conocen. Si la misión es el contacto, en nosotros, entre el amor de Dios y el rechazo del mundo, las características de una parroquia misionera tienen que tener presente que, frecuentemente, los cristianos, desde el nacimiento, raramente son misioneros por vocación consciente. Resuena todavía la Spe salvi que afirma: “Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible” (n.° 3).

Para Madeleine, si amamos mediocremente a Dios, es porque lo conocemos mediocremente. El primero de nuestros compromisos, entonces, es el de conocerlo a lo sumo, para poderlo hacer conocer. Pero, las verdades de fe que debemos aprender están hechas para ser vividas, para plasmarnos en ellas: por esto la Iglesia las enseña.

Es volviendo a apropiarse de su esencia cristiana más profunda como la parroquia podrá hacer, de la actividad misionera, no una clase de actividad especializada que la debilitaría, sino una renovación de sus fuerzas vivas, sobrenaturales, de sus dimensiones divinas: la conciencia de ser hijos del Dios viviente nos hace hermanos. Si permanecemos al margen de la vida de los hombres, si es normal, para nosotros, permanecer unos mudos entre sordos, extranjeros para el mundo o tácitamente cómplices de las injusticias, ¿qué podremos responder cuando dejaremos nuestros caminos para aparecer ante el Señor, quien nos preguntará qué hemos hecho de nuestro hermano? Para ella, “es solo a través de los demás como podemos rendir amor por amor”. Pero, ¿quiénes son estos otros? “No hay la posibilidad de amar a Dios sin amar a la humanidad; no hay la posibilidad de amar a la humanidad sin (…) amar con un amor concreto a los hombres a quienes Él conoce”. Son los a quienes tenía ante ella cada día, a los cuales prestaba la atención más grande.

El sacramento de la vida en comunidad

He aquí por qué es vital, para Delbrêl, el valor de las pequeñas comunidades cristianas, que son ya un implantarse del Reino de Dios: “Es siempre en familia, en equipo, en fraternidad como el cristianismo ha ido hacia los demás; es el hecho de estar junto con Cristo lo que puede cambiar al mundo. Nos reunimos para hacernos uno con Cristo, y uno juntos, y atraer a los demás hacia este amor”. De aquí desciende la importancia, para ella, de su pequeña comunidad, a la que ha dedicado tantos escritos suyos y tanta energía. También el trabajo, que el gobierno comunista de la ciudad de Ivry la había llamado a desarrollar en el sector social, pasará al segundo plano y ella lo dejará, porque la llevaría por un camino no suyo, una “mística de la eficiencia” que no la convence. Se siente responsable de cada persona, y sobre todo de sus compañeras. Dice que el Señor le preguntará qué ha hecho para que ellas fuesen de veras Suyas.

Convencida de que vivir en comunidad es cumplir, para el mundo, como una clase de sacramento, escribe que difícilmente se puede prescindir de la vida común, “para encender el fuego con quienes nos rodean”. Y ratifica que el solo testimonio que Jesús exige es que nos amemos entre nosotros, y que nuestra vida contenga “ciertos actos que supongan a Alguien, un invisible pero viviente, intocable que, sin embargo, está actuando”.

Acerca de su comunidad escribe: “Si no tenemos una familia, (…) es porque el Señor nos posee y por Él solo queremos ser poseídas. Si no tenemos un programa, es porque nuestro Padre del cielo lo ha escrito, para nosotras, con antelación, y nos basta recibir sus consignas día tras día”. Si le dicen que el mundo necesita ver el rostro del gozo, responde “que les hablaremos de gozo cuando lo habremos aprendido en la cruz, donde volvemos a encontrar nuestro amor. Nuestro gozo tiene un precio tan exorbitante que ha sido necesario vender lo que poseemos y todas nosotras mismas para comprarlo”. “La cruz no es facultativa ni para el mundo ni para nosotros”. “Nuestra vocación parte de la cruz y va a la cruz, porque es la vocación del Evangelio”.

La importancia de pequeños núcleos que viven el Evangelio está en el hecho de que la gente que los encuentra no está interesada tanto en el contenido de la fe, sino en qué es creer, para estos núcleos. Para ella, creer es hablar de un hecho. Frente a la fe manifestada, a los hechos, ya no se puede mantener la ambigüedad aparente del mundo; aquel mundo que antes de estar fuera de nosotros está en nosotros, como parte todavía no convertida. Hablar de hechos no significa hablar de grandes realizaciones: “Hacer pequeñas cosas para Dios nos lo hace amar de la misma manera que cumpliendo grandes acciones. Por otro lado, estamos muy mal informados sobre las dimensiones de nuestros actos. (…) Todo lo que hacemos no puede ser sino pequeño. (…) Lo que Dios hace es grande”. Es en estos actos en los que damos nuestras manos, nuestra boca, nuestro cuerpo a Dios para amar. Entonces, para el cristiano, es importante ser competente, “hacer algo bien y a fondo”, porque no cuenta la función que ocupamos o la vocación, sino “la respuesta que damos, lo absoluto con lo que abrazamos esta vocación, con lo que permanecemos fieles a ella. Lo que hace la santidad no es nuestra vocación, sino la tenacidad con la cual la hemos acogido”.

También cuando se le pondrá la cuestión de la forma jurídica para su comunidad, a pesar del limitado número de miembros, se sentirá confirmar: “Su pequeño número no demuestra nada; hay, en su forma de vida, un modo de consagración a Dios en la vida secular, que el Señor les pedirá, tal vez, conservar en su primera originalidad, reservándose hacer fructificar este ‘grano de mostaza’ cuando lo juzgará oportuno”.

Su trabajo escondido y público, las conferencias, las tomas de posición, las iniciativas, el estar presente en la vida de la Iglesia local y universal, todo era vivido como si fuese el último día de la existencia, porque la fidelidad se ve en cada pequeña cosa y en cada instante. “No importa lo que debemos hacer: tener en mano una escoba o una pluma. Hablar o callarse, remendar o dictar una conferencia, cuidar a un enfermo o escribir a máquina”. “Cada pequeña acción es un acontecimiento inmenso, en el cual se nos da el Paraíso y podemos dar el Paraíso”.

El cardenal Carlo Maria Martini la ha definido una de las más grandes místicas del siglo XX[1]. La oración, como dijo de ella Hans Urs von Balthasar, le permitía unir su humour a la profunda seriedad y al fuerte realismo en los análisis sociales y psicológicos; unir la obediencia a la Iglesia a una gran libertad[2].

Su proceso de beatificación es actualmente en curso.

Mariangela Mammi

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 


Bibliografía esencial

M. Delbrêl, Nous autres, gens des rues. Textes missionnaires, Éditions du Seuil, Paris 1966.

M. Delbrêl, La joie de croire, Éditions du Seuil, Paris 1968.

M. Delbrêl, Alcide. Guide simple pour simples chrétiens, Éditions du Seuil, Paris 1968.

C. de BoismarminMadeleine Delbrêl. 1904-1964. Rues des villes chemins de Dieu, Nouvelle Cité, Paris 1985.

J. LoewVivre l’Évangile avec Madeleine Delbrêl, Bayard/Centurion, Paris 1994.

J. GuéguenPetite vie de Madeleine Delbrêl, Desclée de Brouwer, Paris 1995.

 

  

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[1] Cf. C. M. Martini, Témoins de la Parole, Éditions Saint-Augustin, Saint-Maurice 2001, 49.

[2] Cf. A.M. Sicari, Il sesto libro dei ritratti di santi, Jaca Book, Milano 2000, 143.

 

01/02/2015