Profundizaciones

 


EN CAMINO HACIA NÍNIVE/1

Reflexión del Card. Robert Sarah sobre la Cuaresma

 


Frecuentemente, la Cuaresma se queda reducida a un tiempo propicio para lanzar campañas humanitarias, a fin de estimular acciones de coparticipación fraternal o de denunciar una de las tantas formas actuales de injusticia. Pero, así el riesgo de falsear su sentido se hace grande, mientras que se vuelve difícil no caer en el moralismo, sobre todo en una época en la cual, como amonestaba Benedicto XVI: “Con frecuencia nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que hay fe, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realista”.

Es la conciencia de que este equívoco es bastante frecuente la que ha inspirado el hermoso libro de meditaciones del Card. Robert Sarah sobre la Cuaresma: En camino hacia Nínive[1]. Para el autor del libro, la Cuaresma es el tiempo en que el pueblo de Dios, como Israel en el desierto, grita su hambre y su sed a los Moisés de hoy, “a sus Obispos y a sus sacerdotes, para reclamar no discursos socio-políticos o cartas pastorales sobre los derechos del hombre y sobre las democracias modernas o para ‘escuchar las últimas novedades’ (He 17, 21), sino para escuchar la Palabra última y definitiva de Jesús y las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia. Porque vendrá un tiempo, y es precisamente el nuestro, en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina, sino que, por ganas de oír, buscarán un gran número de maestros según los propios antojos, apartarán el oído de la verdad y se dirigirán a las fábulas (cf. 2Tim 4, 2-4)”.

Por esta razón, el Card. Sarah propone un itinerario que vuelve a partir del centro de la fe, o sea, del ahondamiento en el conocimiento de la persona de Cristo. “Es un deber importante, urgente y vital, para cada cristiano, conocer el misterio de Dios y el misterio de Cristo afirma el Cardenal y es, pues, fundamental movilizar todas nuestras energías, toda nuestra inteligencia y todas las capacidades de nuestro corazón, para conocer y amar a Cristo y vivir su vida entrando en el misterio de su muerte y resurrección”.

La Cuaresma, entonces, tiene que ser, ante todo, un momento privilegiado para progresar en el conocimiento del misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, particularmente en la perspectiva de la kénosis, el anonadamiento de Dios, quien se humilla hasta tomar forma humana y morir en la cruz.

Recordando las palabras de san Ireneo, según el cual Dios se ha hecho hombre a fin de que el hombre se haga Dios, el Card. Sarah aclara que el conocimiento de Dios es la clave para la compresión del hombre, y para la construcción de todo humanismo auténtico: “Se trata de saber cuál es nuestra vocación de hombres. Debemos saber, pues, quién es Dios. En otros términos, el sentido de la vida es nuestra relación personal e íntima con Dios, una relación por la cual vivimos eternamente su vida. El cristianismo es esencialmente la verdad de una relación del hombre con Dios”.

La verdad de esta relación revela que ya no es a través de una teofanía o de un mensaje profético, sino a través de una existencia humana terrena semejante en todo a la nuestra, excepto el pecado, por la que Dios manifiesta su amor. Refiriéndose a Kierkegaard, el Cardenal recuerda que lo que es sorprendente e inaudito, sobrecogedor y escandaloso, es que un hombre particular, encerrado en los límites del tiempo, del espacio, de un idioma y de una cultura, sea Dios, y que un acontecimiento contingente, lo que podría ser un hecho de crónica, o sea, la muerte de Jesús de Nazaret, sea lo absoluto, el centro de gravedad de toda la historia.

Arrodillarse y adorar

Pero, el conocimiento del misterio de Cristo no es objeto de especulación. Se adquiere solo en una intensa vida de contemplación y de profunda comunión con Dios, a través de la oración, que es precisamente uno de los pilares de la Cuaresma. Rezar no es repetir algunas fórmulas, “es alcanzar a Dios con la entera verdad del nuestro ser. Es exponerse a las luces de Dios que disipan las tinieblas de nuestros corazones. Rezar es quedarse humildemente y en adoración delante de Dios”.

El acto más auténticamente humano es precisamente la adoración: “Delante de esta inmensa manifestación del amor de Dios para con nosotros, toda la creación, en efecto, no puede sino maravillarse y caer de rodillas y adorar. Toda suficiencia humana o creada se queda anonadada. Toda la humanidad de ayer, de hoy y de mañana será lo que tiene que ser solo si se pondrá en una actitud, que la llevará a doblar las rodillas delante del Señor de la gloria para adorarlo”.

De aquí se deriva la importancia del silencio, como condición exterior y actitud interior. El silencio del corazón humano tiene que ser inmenso como el desierto, símbolo de la Cuaresma.

“La oración comienza con el respeto de Dios. Se desarrolla, luego, a través de la admiración asombrada por las obras de Dios, creador del cielo y de la tierra, y se expresa con una actitud de adoración, de silencio, de concentración, de inmovilidad y de recogimiento. La negligencia religiosa es la prueba de que nos olvidamos de la grandeza de Dios, y renunciamos a testimoniarle esa atención respetuosa que es un homenaje de amor. Nosotros ahogamos a la Iglesia en el ruido, en la agitación y en la mediocridad. Como escribe el filósofo Emmanuel Mounier: todo el problema de hoy es realizar actos auténticos, aquellos que no tienen resonancia inmediata, que, sin embargo, es imposible que no maduren. Y, a este propósito, una oración auténtica exige renovar el silencio interior y asegurar, dentro de lo posible, el silencio exterior”.

“La oración precisa el autor no consiste en poner las manos sobre Dios, sino en permitir que Dios ponga sus manos sobre nosotros. De otra manera, nuestra oración quedará estéril. Es evidente que una tal oración requiere condiciones de silencio, de recogimiento y una gran disponibilidad interior, una profunda humildad y una inmersión en la santidad de Dios. Gritar y hacer ruido inoportunamente delante de Dios es casi indecente e incluso arrogante. Es urgente, pues, rehabilitar el sentido de lo sagrado y del misterio. La religión, para existir, necesita constituirse un ámbito propio. Y lo sagrado es una de sus dimensiones constitutivas. … El hombre no es plenamente hombre si no cuando se pone de rodillas delante de Dios para adorarlo, para contemplar su deslumbrante santidad y dejarse remodelar a su imagen y semejanza”.

El actual Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, recientemente nombrado para tal cargo por el Papa Francisco, amonesta: “Nuestras liturgias tienen que ser sagradas, dignas y de una belleza celeste. Nos ponen, en efecto, en la proximidad de Dios. ¿Qué digo? Nos ponen en compañía de Dios”. 

Michele Chiappo

(Continúa)

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)




“No podemos resignarnos a pensar en Oriente Medio sin los cristianos, que desde hace dos mil años testimonian allí el nombre de Jesús. Los últimos acontecimientos, sobre todo en Irak y en Siria, son muy preocupantes. Asistimos a un fenómeno de terrorismo de dimensiones antesinimaginables. Muchos hermanos nuestros son perseguidos y han tenido que dejar sus casas incluso de manera brutal. Parece que se ha perdido la consciencia del valor de la vida humana, parece que la persona no cuente y se pueda sacrificar por otros intereses. Y todo esto, lamentablemente, con la indiferencia de muchos. Esta situación injusta requiere, además de nuestra constante oración, una adecuada respuesta también por parte de la comunidad internacional”.El Card. Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Arzobispo emérito de Conakry (Guinea), nació en la Archidiócesis de Conakry el 15 de junio de 1945. Se maduró en una tierra difícil, marcada por el sufrimiento y el martirio de tantos sacerdotes que plantaron el árbol de la fe entre desiertos materiales y espirituales. Ordenado sacerdote en 1969, fue enviado a Roma, donde obtuvo la licencia en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, y, sucesivamente, en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico.

Fue elegido Arzobispo de Conakry en 1979, en el tiempo en que Sékou Touré, uno de los más funestos dictadores africanos, estaba todavía en el poder. La joven edad cuando recibió la consagración episcopal, a los treinta y cuatro años, era el más joven Obispo del mundo, y Juan Pablo II le dio el apodo de “Obispo niño” no le impidió de presentarse, en seguida, como valiente defensor de los derechos de su pueblo.

En 2001, Juan Pablo II lo nombró Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, oficio que desarrolló hasta el año 2010, cuando Benedicto XVI lo designó Presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, para luego crearlo Cardenal en el Consistorio del 20 de noviembre de 2010.

El 23 de noviembre de 2014, el Papa Francisco lo nombró Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

 

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[1] Robert Sarah, En route vers Ninive, Médiaspaul, Kinshasa 2011, 221 pp.


18/02/2015