Islam y Cristianismo 

 

 

EL PAPA FRANCISCO Y EL MARTIRIO DE LOS ARMENIOS

El primer genocidio del siglo XX

 

La definición de “genocidio”, dada por el Papa Francisco a los acontecimientos de los que fueron víctimas los armenios en 1915, ha provocado la dura reacción de las autoridades turcas, quienes, después de convocar al Nuncio Apostólico en Ankara, S. E. Mons. Antonio Lucibello, han decidido llamar a consultas a su Embajador ante la Santa Sede para protestar contra las palabras del Pontífice, consideradas ofensivas y carentes de fundamento histórico.

El Papa ha conmemorado el centenario del Martirio armenio con una Misa concelebrada por Nerses Bedros XIX Tarmouni, Patriarca de Cilicia de los Armenios Católicos, en la cual estaban presentes Karekin II, Supremo Patriarca y Catholicos de Todos los Armenios, Aram I, Catholicos de la Gran Casa de Cilicia, y el Presidente de la República de Armenia, Serž Sargsyan.

En el saludo al inicio de la Santa Misa, el Santo Padre ha declarado: “La humanidad conoció en el siglo pasado tres grandes tragedias inauditas: la primera, que generalmente es considerada como el primer genocidio del siglo XX, afligió a vuestro pueblo armenio –primera nación cristiana–, junto a los sirios católicos y ortodoxos, los asirios, los caldeos y los griegos. Fueron asesinados obispos, sacerdotes, religiosos, mujeres, hombres, ancianos e incluso niños y enfermos indefensos”[1].

El texto dado a conocer por la Oficina de Prensa Vaticana ha puesto entre comillas la mención al primer genocidio del siglo XX, tratándose de una cita de la Declaración Común suscrita por Juan Pablo II y Karekin II el 27 de septiembre de 2001 en Echmiadzin, la capital histórica de Armenia; al leer el texto, sin embargo, el Santo Padre no ha hecho mención de aquel documento, asumiendo integralmente el contenido de aquella afirmación.

Aunque no se trate de la primera vez que el término “genocidio” es usado por un Sumo Pontífice con respecto a lo que los armenios llaman Metz Yeghern, “el gran mal”, la repercusión de la afirmación del Papa Francisco difícilmente puede ser subestimada. Ya no se trata de un texto escrito, dado a conocer en una ciudad che tiene un nombre impronunciable pero muy lindo –Echmiadzin significa: “El Hijo de Dios ha descendido”– y, por tanto, destinado a suscitar únicamente la atención de los más sensibles, sino de la palabra pronunciada por el Vicario de Cristo sobre la tumba de Pedro, con una resonancia enorme, a pocos días del comienzo de las celebraciones del centenario de los acontecimientos de 1915.

A las afirmaciones hechas al inicio de la Santa Misa se les ha adjuntado las del Mensaje a los armenios, remitido al final de la Misa, en copias autógrafas, a las autoridades armenias presentes. Ahí se lee nuevamente la cita de la Declaración común del 2001: “Esta fe ha acompañado y sostenido a vuestro pueblo incluso en el trágico acontecimiento de hace cien años que ‘generalmente se define como el primer genocidio del siglo XX’ (Juan Pablo II y Karekin II, Declaración común, Echmiadzin, 27 de septiembre de 2001). El Papa Benedicto XV, que condenó como ‘inútil masacre’ la Primera Guerra Mundial (AAS, IX [1917], 429), se prodigó hasta el último momento para impedirla, retomando los esfuerzos de mediación  ya realizados por el Papa León XIII ante los ‘funestos eventos’ de los años 1894-1896. Por este motivo él escribió al sultán Mehmet V, implorando que se salvasen a los numerosos inocentes (cf. Carta del 10 de septiembre de 1915) y fue también él quien, en el Consistorio secreto del 6 de diciembre de 1915, afirmó con vibrante consternación: Miserrima Armenorum gens ad interitum prope ducitur (AAS, VII [1915], 510). Hacer memoria de lo sucedido es un deber no solo para el pueblo armenio y para la Iglesia universal, sino para toda la familia humana, para que el llamamiento que surge de esa tragedia nos libre de volver a caer en semejantes horrores, que ofenden a Dios y la dignidad humana. También hoy, en efecto, estos conflictos algunas veces degeneran en violencias injustificables, y se fomentan instrumentalizando las diversidades étnicas y religiosas”[2].

Desde hace unas semanas crecía la expectativa de las palabras que el Papa pronunciaría durante la Misa por el Martirio armenio. Unos se preguntaban si pronunciaría la palabra prohibida “genocidio”, susceptible de crear un serio incidente diplomático con Turquía, que no solo niega que se haya tratado de genocidio –no hubo nunca, sostiene, un proyecto de aniquilar al pueblo armenio en su conjunto–, sino que llega a equiparar a las víctimas con los verdugos o hasta a invertir las funciones: se habría tratado de una guerra civil en la cual los excesos no faltaron en ambos lados.

“El prototipo de todos los genocidios”

Monumento al genocidio armenio

Vale la pena recorrer de nuevo algunas etapas de este dosier. Desde su primer uso, la palabra “genocidio” está conectada con los armenios. Fue acuñada por Raphael Lemkin en 1944, un hebreo refugiado en EE.UU., quien ya en los años 30 había reflexionado sobre los crímenes contra los armenios y sobre su impunidad, preludio –temía– del repetirse de símiles dramas. Después de la Segunda Guerra Mundial, él fue encargado por las Naciones Unidas de redactar la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Para él, no había dudas de que las matanzas de los armenios fueran un genocidio.

Según Yves Ternon, uno de los máximos expertos de los genocidios en el siglo XX, las matanzas de los armenios representan “el prototipo de todos los genocidios”[3] y “la prueba de la intención criminal es exhibida por un conjunto de fuentes que no deja ningún espacio a la duda”[4].

Al principio, la realidad de los hechos fue reconocida también por los turcos. En el momento del armisticio que cierra la Primera Guerra Mundial, el Sultán Mahoma VI deseaba que se esclarecieran las matanzas de los armenios, conocidas por todas las partes en causa, antes de que Turquía se presentara a la Conferencia de Paz. Así se instituyó una comisión de encuesta, además de algunos tribunales marciales en las diversas provincias. La instrucción del sumario fue problemática: antes del fin, los Jóvenes Turcos, responsables del genocidio, habían destruido todos los documentos escritos. Sin embargo, algunos funcionarios habían guardado algunos documentos que utilizaban como moneda de intercambio para obtener unas inmunidades: se trataba sobre todo de telegramas cifrados, a los que se añadió algunos testimonios jurados y unos informes de encuesta. El resultado de la encuesta mostró la existencia de lo que tantos informes de cónsules y testigos oculares de las matanzas ignoraban: la creación de una "Organización especial" que demostraba que las medidas tomadas contra los armenios –deportación y embargo de los bienes– eran un pretexto para disimular la voluntad de su aniquilamiento final.

En los procesos que se desarrollaron, la línea defensiva de los acusados no consistió en negar los hechos, sino, como luego hicieron los nazis en Núremberg, en declarar que habían ejecutado órdenes a los que non podían sustraerse. Por otra parte, ya en el curso de la Primera Guerra Mundial, los responsables turcos, Enver y Talaat, interpelados por las potencias neutrales o aliadas respecto a las matanzas en curso, no las habían disimulado, sino justificado.

Fueron pronunciadas varias sentencias de condena, también a la pena capital, pero no fueron ejecutadas.

La lenta marcha del negacionismo turco

Mustafa Kemal Atatürk

El negacionismo turco ha pasado por varias etapas. La primera, inaugurada por Atatürk ya en 1923, consistía en imputar a los armenios la responsabilidad de las calamidades sufridas, legítimas represalias contra los insurrectos.

La segunda, en el decenio sucesivo, promovida por la Sociedad Histórica de Turquía, propagó una visión más cínica de los acontecimientos, según la cual la eliminación de Anatolia de las poblaciones armenias y griegas era necesaria para la creación de un Estado nacional turco homogéneo.

La etapa final es sucesiva al 1965, cuando se celebraron los cincuenta años del genocidio armenio. Turquía, que se había convertido en miembro de las Naciones Unidas y había firmado la convención sobre el genocidio, promovió entonces unas iniciativas historiográficas alrededor de algunas directrices fundamentales.

Una primera directriz niega la existencia de un pueblo armenio: no ha existido nunca una Armenia histórica, ni algunos armenios, solo algunos hititas que se creían armenios. Para que haya “genocidio”, en efecto, no es suficiente un gran número de víctimas: es necesario que las víctimas sean identificables como “grupo humano” homogéneo, dotado de una específica identidad étnica, cultural o religiosa.

Otra directriz vuelve a tomar las argumentaciones de Atatürk –los armenios han traicionado la confianza de los turcos y han abusado de su paciencia– y las radicaliza: son los armenios quienes han realizado un genocidio respecto a los turcos. Una acusación, esta, que equipara las matanzas contra los armenios de 1915 a algunas acciones cumplidas en 1917, por pandillas armenias venidas de Rusia, contra los pueblos turcos de la Anatolia oriental. Una variante de estas directrices, inspirada en la historiografía marxista, une el conflicto nacional con la lucha de clases, identificando a los armenios con los capitalistas opresores y a los turcos con el proletariado.

Una última directriz reconoce la historicidad de las deportaciones y de las matanzas, pero niega la planificación, o sea, el genocidio.

Estas argumentaciones se acompañan a la controversia de los números. La de los armenios vivientes en el imperio: 2.100.000, según el patriarcado, 1.290.000 según el censo otomano. Y la de las víctimas armenias: 1.500.000 según el patriarcado, de 200.000 a 800.000 según los historiadores turcos.

La conclusión de Ternon es sarcástica: “En esta sucesión de ficciones y de ataques, los historiadores turcos se encierran en sus contradicciones. Los armenios nunca han existido en cuanto tales; Turquía no ha premeditado nunca destruirlos; ellos, al contrario, han preparado y comenzado un genocidio contra los turcos; si los armenios han sido destruidos, es culpa de ellos; el número de las víctimas, por otro lado, no es tan elevado. La absurdidad de esta posición se resume en una fórmula: no ha sucedido nada, pero, se lo han merecido”[5].

“¿Quién habla hoy del exterminio de los armenios?”. También esta frase, atribuida a Hitler, quien la habría pronunciado en un discurso dirigido a sus más directos colaboradores, nueve días antes de la invasión de Polonia, en el cual explicaba su determinación de exterminar a los polacos, para crear el “espacio vital” necesario para el pueblo alemán, no escapa del paroxismo negacionista turco. Para los historiadores turcos, esta frase –que sugiere que Hitler se haya inspirado en el genocidio armenio para sus proyectos y, por esta razón, está escrita en la entrada del Museo del Holocausto en Washington– no solo nunca habría sido pronunciada, sino que sería un falso forjado para sostener la tesis de un holocausto armenio[6].

“¿Quién habla hoy del exterminio de los armenios?”. Con su declaración potente y valiente durante la Misa por el centenario del Martirio armenio, el Papa Francisco ha dicho con fuerza que él se acuerda. Y ha comprometido a todos los católicos en el camino de la memoria y de la verdad.

Michele Chiappo

 

 

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[1] Papa Francisco, Santa Misa por el centenario del “martirio” (Metz Yeghern) armenio, con el rito de proclamación como Doctor de la Iglesia de San Gregorio de Narek (12 de abril de 2015).

[2] Mensaje del Santo Padre Francisco a los Armenos (12 de abril de 2015).

[3] Y. Ternon, L’État criminel. Les Génocides au XXe siècle, Éditions du Seuil, Paris 1995, 179.

[4] Y. Ternon, L’État criminel…, 189.

[5] Y. Ternon, L’État criminel…, 196.

[6] Es esta la tesis de un estudioso turco, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Ankara, en una revista afiliada al Ministerio de Relaciones Exteriores turco: cf. Türkkaya Ataöv, The Armenian Question: Conflict, Trauma and Objectivity, en "SAM Papers , Ministry of Foreign Affairs. Center for Strategic Research. Republic of Turkey, n.° 3 / 97 (1999) (http://web.archive.org/web/20110725052104/web.itu.edu.tr/~altilar/tobi/2023/2023_4/sam_paper_ataov.html). 

La fuente de la frase son algunos apuntes personales del almirante Canaris. Más allá de la controversia historiográfica, en muchos discursos precedentes Hitler ya había manifestado su pensamiento. En una entrevista de 1931, había declarado que, para imaginar el futuro de Alemania, era necesario pensar en “las deportaciones bíblicas, en las matanzas de la Edad Media y en el exterminio de los armenios”. En una publicación de 1938, Rosenberg, el mayor ideólogo del nazismo, había comparado a los armenios con los hebreos. El enlace entre Hitler y la cuestión armenia parece que haya sido Max Erwin von Scheubner-Richter, quien murió al lado de Hitler en el intento de golpe de Estado de Mónaco de 1922, y al cual está dedicada la primera parte de Mein kampf: había sido vicecónsul alemán en Erzerum, en Armenia, donde había asistido a las matanzas. Von Scheubner-Richter era categórico en empujar a Hitler a purificar Alemania de los pueblos extranjeros con medidas drásticas: cf. H. Travis, Did the Armenian Genocide Inspire Hitler? Turkey, Past and futuro, en Middle East Quarterly” (Winter 2013) 27-35 (http://www.meforum.org/meq/pdfs/3434.pdf).


24/04/2015