Vida de la parroquia de Ypacaraí



CAMINO DE HUMILLACIÓN, CAMINO DE SERVICIO


El Domingo de Ramos en la parroquia 

Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí

 

 

“Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Fil 2, 5-8).

“Estas palabras de la Carta de san Pablo a los Filipenses abren la Semana Santa –decía Emilio en la homilía del Domingo de Ramos– y constituyen su núcleo central y su sentido más profundo”.

Nuestra fe, nuestra gloria, es Cristo crucificado, escándalo y locura. Él muere porque es fiel, porque no traiciona la palabra anunciada, porque elige ser el hombre de la verdad y no del poder. “Yo doy testimonio de la verdad –dice Jesús a Pilato–, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37).

“¿Qué es la verdad?”, pregunta Pilato, pero la suya no es una pregunta que se vuelva instrumento de una búsqueda sin prejuicios sobre la verdad, y ponga en tela de juicio su poder cínico y desencantado. Por no escuchar la verdad y no decidirse a su favor, él acaba inevitablemente por subir la presión de los acontecimientos, por “dejarse llevar”: la tragedia de una historia de indecisión[1].

Cristo decide entregarse libremente, y la cruz se vuelve el signo más grande del amor fiel hasta el final, del despojarse y vaciarse de todo, en absoluta libertad y sin conservar nada para sí.

Este es el camino de Jesús, el estilo de Dios que debe ser también el del cristiano, decía el Papa Francisco. Un estilo que nunca acaba de sorprendernos y de ponernos en crisis. Nunca nos acostumbramos a un Dios humilde[2].

Hay una tristeza de fondo que invade la celebración del Domingo de Ramos, porque los hombres no han comprendido ese camino de la humillación y han preferido las tinieblas. Los gritos de condena y de desprecio, de burla y de blasfemia, la palabra de la traición, han sustituido a los gritos de júbilo que cantaban hosanna.

Hablarse primero a sí mismos

Por eso, “como cristianos estamos llamados a una lucha ante todo en nosotros mismos –añadía Emilio–. Tenemos que ser claros y honestos con nosotros mismos, sin acusar a los demás, a los hermanos, a las autoridades, a los políticos. La primera revolución cristiana comienza por el acusarse a sí mismos. Soy yo quien debe acusarse a sí mismo; soy yo quien debe cambiar si quiero decir una palabra verdadera, fuerte, auténtica, llena de autoridad, y no de autoritarismo, una palabra que es servicio a los demás”.

“Cambio” es una de las palabras más usadas en los discursos, y se ha vuelto también la palabra más idiota. Si la persona no se cambia antes a sí misma, se convierte en todo y solo un engaño.

“¡Qué fácil es denunciar la injusticia estructural –decía Mons. Oscar Romero en su última homilía dominical antes de ser muerto–, la violencia institucionalizada, el pecado social! Y es cierto todo eso, pero ¿dónde están las fuentes de ese pecado social?: En el corazón de cada hombre”[3].

Cada uno, pues, está llamado a examinar su conciencia, a ver lo que está en su corazón.

“Sepan, por lo tanto, abrir los ojos del corazón y de la mente –decía Emilio a los jóvenes presentes– porque muchos discursos, que parecen hermosos, se revelan profundamente falsos porque falsa es la vida de quién los pronuncia. Sin transparencia, la palabra es falsa”.

El Señor pide al hombre el cambio de su corazón. Es lo que Él ha hecho: Él, que era de condición divina, se ha despojado y se ha humillado volviéndose el servidor de todos.

Cambiándose a sí mismo, entonces el cristiano tiene el derecho y el deber de hablar allá donde vive. En el Bautismo se han abierto sus oídos y su boca, para escuchar y anunciar la palabra del Señor.

Si esta palabra se vuelve conflictiva, el cristiano no debe temer y callarse. Jesús ha hablado, ha anunciado la verdad, no ha tenido miedo al conflicto. Esta fidelidad suya a la verdad lo ha llevado a la muerte. Y para el discípulo del Señor, no existe un diferente camino de la verdad, que sea más fácil.

Hablar a la ciudad

“Este año –continuaba Emilio– tendremos en el Paraguay un gran acontecimiento. No me refiero a la visita del Papa, sino a las elecciones internas y municipales. Será un festival de la hipocresía, de la mentira, del engaño, de las promesas que no serán mantenidas”.

Si el cristiano ha tenido el coraje de hablarse a sí mismo, de hablar en su familia y comunidad, debe tener también el coraje de hablar a la ciudad. El cristiano vive en la ciudad, no puede desinteresarse de la vida de la ciudad, de la polis, de la política.

“Ninguno de nosotros –dice el Papa Francisco– puede decir: ‘Pero yo no tengo que ver, son ellos quienes gobiernan’. … Yo no puedo lavarme las manos: cada uno de nosotros debe hacer algo. … Hemos oído decir: ‘Un buen católico no se interesa en la política’. Pero no es verdad: un buen católico toma parte en política ofreciendo lo mejor de sí”[4].

La política es trabajar por los intereses de todos los ciudadanos, por quienes han votado a favor de un candidato y por los que han votado en contra, por quien es miembro del mismo partido y por quien, en cambio, pertenece a otra formación.

La política es, ante todo, defensa de los marginados, de los pobres, de todos aquellos que no cuentan en la sociedad, de los explotados y sobre todo de los jóvenes. Sirve para dar esperanza, para impedir que sea robada la esperanza de un futuro a los jóvenes, para construir algo mejor de lo que existe, para todos.

“La Iglesia no puede hacer discriminación entre quien es de un color y quien es de otro, sino que debe poder hablar a todos –añadía Emilio–, hablándose primero a sí misma, para decir que debemos ser todos honestos, leales, defender a los más débiles y a los marginados. No podemos reducir el mensaje evangélico solo a levantar los Ramos, un día al año. No podemos separar el acto litúrgico de la historia. Esto quiere decir matar una vez más a Jesús”.

No se compra y no se venda la conciencia

Todos los que están comprometidos en la política, los miembros de cada partido –adversarios que presentan programas diferentes, pero no enemigos– tienen que estar unidos en la lucha por la transparencia, a fin de que no se compre y no se venda la conciencia de los ciudadanos.

“Un hombre de conciencia –afirmaba el entonces Card. Ratzinger– jamás compra el bienestar, el éxito, la consideración social y la aprobación de la opinión pública dominante, renunciando a la verdad”[5].

Y la conciencia es como una ventana abierta sobre aquella verdad que lo funda y sostiene todo y a todos, haciendo posible la solidaridad del querer y la responsabilidad. No es subjetivismo y relativismo, porque se fundamenta en la verdad, en la objetividad del ser.

Cuando la política se vuelve solo negocio de dinero a cambio de candidaturas o de transformismos vergonzosos de quien, para tener un encargo u otro, pasa de una parte a otra o de clientelismos que transforman el derecho en limosna y favor, la Iglesia no puede callarse. No se puede permitir que un aprovechador cualquiera haga lo que desee con los jóvenes, con su conciencia y con su cuerpo, solo porque piensa tener un poder.

“Este es un poder maldito –ha martilleado Emilio–. No tiene nada que ver con el poder de Jesús, que es poder del amor, de ser amigo, servidor, defensor de los más pobres. Quien hace esto, puede ser de un color o de otro, tener también las insignias cristianas, es solo un maldito explotador sanguijuela”.

“Seremos condenados a muerte eterna –continuaba Emilio– si no pasamos de muerte a vida amando a nuestros hermanos, comenzando por los más pobres, por los más pequeños, por quien estén marginados y explotados”.

En la Carta a los Filipenses, san Pablo recuerda, por lo tanto, que Cristo se humilló a sí mismo. Y este camino de humillación es camino de servicio auténtico a los demás.

El primer servicio que un cristiano puede rendir a los demás es el de cambiar su corazón, su manera de vivir, sus costumbres, su mentalidad, ya que es el servicio de la verdad. Y vivir y proclamar la verdad es también el auténtico servicio de la misericordia.

Si un pueblo se despierta

“Veo aquí en la iglesia a personas que están comprometidas en la política –añadía Emilio–. Ustedes tienen que vivir una vocación. El Señor los llama a trabajar por esto. Y que cada uno sepa que nuestro pueblo, amado y bendecido por Dios, el pueblo de Ypacaraí, de todo el Paraguay, no es estúpido. El hombre paraguayo comprende y sufre, aunque muchas veces no sepa expresar sus sentimientos o se calle porque tiene miedo y vergüenza. Si no es hoy, será mañana, si no es mañana, será pasado mañana, pero, el pueblo paraguayo se despertará y comprenderá, se sentirá traicionado y se rebelará y será muy duro, si no lo habremos amado”.

“Se puede engañar a todos alguna vez, o engañar a algunos siempre, pero no se puede engañar a todos siempre”[6]. Un día el pueblo se despertará y comprenderá que ha sido engañado y la reacción será terrible, violenta.

Amar al pueblo, construir su esperanza, sobre todo la de las generaciones a quienes les pertenece el futuro: esta es la tarea del cristiano, y en particular de quien se comprometa en la política, hasta dar su vida por la verdad.

“Tienen tantas posibilidades, queridos amigos –terminaba Emilio–. Crean en Dios, pero también en lo que Dios les ha donado: crean en su inteligencia, en su capacidad, en su corazón, en la posibilidad de cambiar, en la fuerza moral auténtica. Que pueda originarse de Ypacaraí un discurso nuevo, bello, del cual un día todos puedan hablar. Que de Ypacaraí se diga que es una ciudad de libertad, de amor, de belleza, donde la palabra se hace carne. Tengan este coraje y, si deberemos sufrir, entonces sufriremos: es lindo sufrir por la verdad, por la justicia, por la paz, por la belleza, por nuestros hermanos”.

(A cargo de Giuseppe Di Salvatore)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

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[1] Cf. G. Zagrebelsky, La democrazia di Barabba, en www.presentepassato.it

[2] Cf. Papa Francisco, Homilía del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor (29 de marzo de 2015).

[3] Cf. O. A. Romero, Homilía 5.° Domingo de Cuaresma (23 de marzo de 1980), en http://servicioskoinonia.org

[4] Papa Francisco, Meditación matutina en la Capilla de la “Domus Sanctae Marthae” (16 de septiembre de 2013).

[5] J. Ratzinger, El elogio de la conciencia, en
http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=16801

[6] Frase atribuida a Abraham Lincoln en el discurso pronunciado en Clinton (Illinois), el 2 de septiembre de 1858.


06/05/2015