Artículos de Emilio Grasso



ROSTRO DE DIOS, ROSTRO DEL HOMBRE

El supremo testimonio de amor de Mons. Óscar Arnulfo Romero




 

Hoy, 23 de mayo de 2015, el Arzobispo Óscar Arnulfo Romero es declarado beato, en San Salvador.

Como ha escrito Roberto Morozzo della Rocca, “la beatificación de Romero de parte de la Iglesia católica reconoce su martirio in odium fidei (por odio a la fe). Según los que fueron sus enemigos en vida, Romero habría sido matado por odio a sus posiciones políticas. Pero es difícil negar que Romero, Obispo matado en el altar, durante una liturgia eucarística, haya sido asesinado in odium fidei. Era por fe por lo que Romero hablaba de reconciliación, amaba a los pobres y pedía justicia social. Era por fe por lo que invitaba a la conversión e indicaba el ‘pecado’ de sus contemporáneos: este era el kerygma, el corazón del anuncio evangélico, como dijo varias veces en la predicación. Era por confianza en el Evangelio por lo que Romero no se resguardó de las amenazas, no abandonó a sus fieles, no se retiró, sino que aceptó la muerte que sabía que estaba ya segura. Romero es un ‘mártir del Evangelio’, asesinado in odium fidei”. 

Con ocasión de este evento eclesial esperado y deseado, proponemos de nuevo la lectura de un artículo de Emilio Grasso, que nos permite colocar en su justo contexto la muerte violenta de Mons. Romero, y descubrir el secreto profundo de su vida.




Sobre el tema de la nueva evangelización, eje principal del pontificado de Juan Pablo II, hay ya una inmensa literatura. El tema es de una importancia tan fundamental para la Iglesia, que todas las profundizaciones y los análisis son más que debidos[1].

Pero no hay que perder de vista el hecho de que “no basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo anhelo de santidad entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana”[2].

Por lo tanto, serán los nuevos Obispos, los nuevos doctores, los nuevos apóstoles y misioneros y los nuevos laicos los que dirán lo que será la nueva evangelización.

Barsotti, escritor espiritual italiano entre los más genuinos, hacía un llamado de atención a quiénes esperaban la renovación de la Iglesia sin que antes hubieran nacido los hombres nuevos. Las estructuras de la Iglesia son fruto de éstos y no lo contrario. La renovación es obra del Espíritu, nace del interior. La ley puede reconocerla cuando ha acontecido o eliminar los obstáculos, pero de por sí no la produce[3].

Ser hombre nuevo en la Iglesia no es nunca cuestión generacional, sino cuestión ligada a la conversión del corazón, conversión que renueva, hace renacer en el Espíritu y conduce, si a esto lleva el Espíritu del Señor, inclusive al supremo testimonio del derramamiento de sangre en el martirio libremente aceptado.

Uno de estos testigos que nos abren los caminos de la nueva evangelización, dándonos no una fórmula que aplicar sino un modelo de conversión, es sin duda Mons. Óscar Arnulfo Romero, fiel a Dios y al pueblo de Dios hasta el sacrificio de su vida[4].

Martirio como supremo testimonio de fe

El término mártir ha resonado muchas veces en el acontecimiento de la muerte de Mons. Romero[5].

El Episcopado austríaco ante este hecho habló de “mártir por la justicia y por la fe”[6], definición luego retomada por el Cardenal Michele Pellegrino en el título de un artículo suyo[7].

Trece Obispos católicos, llegados de varios lugares del mundo para rendir cristiano homenaje a Mons. Óscar A. Romero[8], hablan de él como de un mártir de la liberación como exige el Evangelio, un ejemplo viviente del pastor querido por Puebla[9].

No es menos explícito el comentario del director del prestigioso diario “L’Osservatore Romano”: “Se renueva en los creyentes y en aquellos que los guían, el sacrificio y el martirio de la Iglesia peregrinante en la tierra, se renueva así aquella historia sublime marcada por la sangre de los mártires y del sufrimiento de los confesores”[10].

Juan Pablo II, en la Audiencia General del 2 de abril de 1980, habla del “sacrificio de su vida, que ha estado unido, de modo tan singular, al Sacrificio de Cristo”[11].

En la Audiencia General del 25 de marzo de 1981 el Santo Padre hablaba del “supremo testimonio” con el cual Mons. Romero “coronaba con la sangre su ministerio, particularmente solícito hacia los más pobres y los más marginados”[12].

Sobre el concepto de “sacrificio del Pastor de la Iglesia, que se ha entregado por su rebaño hasta el don de la vida”[13], volverá todavía el Santo Padre en la Audiencia General del 23 de marzo de 1983.

El padre Sorge explica implícitamente por qué se puede aplicar a Mons. Romero el término de mártir, cuando escribe: “Si los cristianos una vez afrontaban la muerte para no servir a los falsos dioses o al ‘divino emperador’, en los cuales era imposible reconocer la imagen de Dios, hoy, los cristianos de los nuevos tiempos deben afrontar la muerte para servir a los pobres, a los oprimidos, en los cuales no pueden no reconocer el rostro sufrido de Jesús. Es ésta la lección, el testamento del Arzobispo de San Salvador”[14].

Al término de su biografía sobre Mons. Romero, Morozzo della Rocca, después de haber citado a Rahner que habla de una forma de martirio por odium justitiae, se interroga si es posible aplicar a Mons. Romero la conexión de su muerte con el odium fidei del persecutor.

“¿Fue in odium fidei –se interroga Morozzo della Rocca– por lo que Romero fue asesinado? Según los que fueron sus enemigos en vida, Romero habría sido matado por odio a sus posiciones políticas. Pero es difícil negar que Romero, Obispo matado en el altar, durante una liturgia eucarística, haya sido asesinado in odium fidei. Era por fe por lo que Romero hablaba de reconciliación, amaba a los pobres y pedía justicia social. Era por fe por lo que invitaba a la conversión e indicaba el ‘pecado’ de sus contemporáneos: este era el kerygma, el corazón del anuncio evangélico, como dijo varias veces en la predicación. Era por confianza en el Evangelio por lo que Romero no se resguardó de las amenazas, no abandonó a sus fieles, no se retiró, sino que aceptó la muerte que sabía que estaba ya segura. Romero es un ‘mártir del Evangelio’, asesinado in odium fidei[15].

El tiempo que pasa no debilita, al contrario refuerza, el testimonio de Mons. Romero.

Entre los tantos motivos que justifican un estudio y una propuesta de la figura del Arzobispo de San Salvador, como también su justa ubicación dentro de la “santidad cristiana”, uno nos lo indica Juan Pablo II en dos discursos diferentes, donde el Santo Padre invita a respetar y a no instrumentalizar por interés ideológico el sacrificio de Mons. Romero[16].

Ahora bien, si nosotros queremos respetar este sacrificio y colocarlo en su justo contexto, debemos subrayar y volver a descubrir sus motivos.

La muerte de Mons. Romero no es un incidente en el recorrido, sino el acto hacia el cual él se ha encaminado. La muerte violenta no llega de repente, sino que es preparada, anunciada. Hay muchos testimonios a este respecto. El padre Sorge, en el artículo ya citado, relata una conversación con Mons. Romero, en la que le habla de su próximo fin: “Lo sé. También yo estoy condenado a muerte. Tan pronto como ellos puedan, me matarán”[17].

Comenta aún el padre Sorge: “Lo dijo sin ninguna señal exterior de amargura o de miedo, casi sonriendo, con una serenidad que no se puede fingir, sino que solo nace de una fe profunda y de un amor hacia los hombres como aquel con el que ha amado Cristo”[18].

Mons. Romero mismo anunciaba su muerte en la catedral con humildad, con coraje, con abandono a la voluntad de Dios.

“Esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana”[19].

En este anuncio hay un distanciamiento obediente frente a las potencias del mal que están por caer sobre él.

La vida donada a un Rostro

Más allá de la muerte, Romero ve la mano de Dios y se abandona a la oración. Su vida no cuenta, su martirio es una gracia que él no cree merecer.

A propósito de esto, son significativas algunas palabras de Romero acerca del sentido del martirio pronunciadas en mayo de 1977, después del asesinato del p. Alfonso Navarro: “No todos, dice el Concilio Vaticano II, tendrán el honor de dar su sangre física, de ser matados por la fe; pero sí, pide Dios a todos los que creen en Él, espíritu de martirio, es decir, todos debemos estar dispuestos a morir por nuestra fe aunque no nos conceda el Señor este honor, pero sí estamos dispuestos para que cuando llegue nuestra hora de entregarle cuentas, podamos decir: Señor, yo estuve dispuesto a dar mi vida por ti. Y la he dado, porque dar la vida no es solo que lo maten a uno; dar la vida, tener espíritu de martirio, es dar en el deber, en el silencio, en la oración, en el cumplimiento honesto del deber; en ese silencio de la vida cotidiana, ir dando la vida, como la da la madre que sin aspavientos, con la sencillez del martirio maternal da a luz, da de mamar, hace crecer, cuida con cariño a su hijo”[20].

Dos años después, visitando la Basílica de San Pedro, anota en su Diario: “Por la mañana hice también una nueva visita a la Basílica de San Pedro y junto a los altares, muy queridos de San Pedro y de sus sucesores actuales en este siglo, pedí mucho la fidelidad, ‘A’ mi fe cristiana y el valor, si fuera necesario, de morir como murieron todos estos mártires, o de vivir consagrando mi vida como la consagraron estos modernos sucesores de Pedro”[21].

Escuchemos de nuevo las palabras de Mons. Romero, durante su última homilía, antes de que su sangre fuera derramada sobre el altar en unión con la Única víctima sacrifical: “Esta Santa Misa, esta Eucaristía, es precisamente un acto de fe. De la fe cristiana sabemos que, en este momento, la hostia de trigo se convierte en el cuerpo del Señor ofrecido por la redención del mundo, y que el vino en este cáliz se transforma en la sangre, precio de salvación. Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente, también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar frutos de justicia y de paz a nuestro pueblo”[22].

Me parece bien claro que esta muerte es la clave interpretativa de la vida y de todo el actuar del Obispo salvadoreño. Prescindiendo de ella, cualquier lectura resultaría falseada y reductiva y entonces Mons. Romero sería instrumentalizado por intereses ideológicos que no forman parte de la motivación profunda de su sacrificio.

Una honesta lectura de la vida de Mons. Romero no permite ninguna instrumentalización ideológica, porque Mons. Romero no muere por ninguna ideología. Él muere por unos rostros concretos.

Me parece que la clave de lectura más apropiada a su persona es la “mística”. Romero es un místico. Él contempla el rostro del Padre. Será el dinamismo de la contemplación del rostro del Padre lo que llevará a Romero a la muerte.

Sería interesante examinar los escritos y los discursos de Romero, antes de su nombramiento como Obispo de San Salvador, empezando por aquellos de su juventud, de sus primeros años de estudio, de su tesis de doctorado escogida y nunca terminada. ¿Por qué hacer una tesis sobre un escritor ascético-místico del 1500 como el padre Ludovico de La Puente?[23].

Es indudable que Romero llega a San Salvador con la fama de ser un Obispo conservador, de una fuerte espiritualidad, pero desencarnada. Eran conocidas sus actitudes con respecto a los diversos fermentos que maduraban en América Latina. De su nombramiento se alegró mucha gente de las más altas esferas militares y económicas[24].

¿Dónde está entonces el punto de partida de una opción tan fuerte y tan encarnada que lo llevará conscientemente a la muerte?

Jon Sobrino ubica este punto de partida en la fe en Dios.

Si Mons. Romero obró de tal modo como líder eclesial y social, eso se dio por su profunda fe en el Dios de Jesús. Por eso un hombre tan religioso, tan espiritual, tan seguidor de Jesús, sin dejar de serlo, al contrario justamente por serlo, supo renovar la vida de la Iglesia y supo orientar al país por el camino de su liberación[25].

Romero no es un teólogo de profesión ni tampoco un ideólogo. Es un hombre de fe. Él encuentra en el contacto con Dios la fuerza de sus palabras.

En la homilía del segundo domingo de Cuaresma (2 de marzo de 1980) encontramos esta significativa confesión: “Quiero comunicarles con alegría de Pastor, que esta semana hice mis Ejercicios Espirituales... Ayer, cuando un periodista me preguntaba: ¿dónde encontraba yo mi inspiración para mi trabajo y mi predicación?, le decía: ‘Es bien oportuna su pregunta porque, cabalmente vengo saliendo de mis Ejercicios Espirituales’. Si no fuera por esta oración y esta reflexión que trato de mantener unidos con Dios, no sería yo más que lo que dice San Pablo: ‘Una lata que suena’”[26].

Y, una semana después, volverá al mismo tema: “Los hombres que conducen los pueblos por los caminos de Dios deben tener ellos, personalmente, una experiencia de Dios”[27].

Es, pues, esta experiencia de Dios el punto de partida del actuar de Romero.

Hay que hacerse, a este punto, la pregunta acerca de cómo este hombre llega a una elección tan precisa por el pueblo oprimido.

Aquí interviene un hecho que podríamos decir que constituye la “conversión” de Romero.

El examen de este hecho nos parece dar razón a Rahner cuando habla de la conversión como “la decisión fundamental por Dios mediante un uso religioso y moralmente bueno de la facultad de elección, así como el compromiso con él que abarca la vida en su totalidad. Tal decisión y compromiso requieren cierto grado (siquiera relativo) de reflexión y se producen, por tanto, en un momento determinado de la historia de una vida”[28].

Ahora bien, ese “cierto grado de reflexión en un momento determinado de la historia” lo tenemos en un acontecimiento preciso: el asesinato del padre Rutilio Grande ocurrido el 12 de marzo de 1977[29].

Una conversión permanente a Dios y a los hombres

El asesinato del jesuita Rutilio Grande, iniciador de las comunidades de base campesinas en Aguilares, fue lo que le abrió los ojos[30].

La muerte del padre Rutilio Grande marca el momento de la “conversión” de Romero a los pobres.

En Rutilio Grande, Romero dice haber visto “un hermano que en momentos muy culminantes de mi vida estuvo muy cerca de mí y esos gestos jamás se olvidan”[31]; ve el ejemplo que habla. De manera plástica él indica este ejemplo en aquel “rostro levantado al cielo, acompañado de dos campesinos”[32].

Aquella noche pasada en oración junto al amigo asesinado marca el momento de viraje pastoral de este gran Obispo. Él tiene ahora delante de sí aquel “rostro levantado al cielo, acompañado de dos campesinos”: rostro de Cristo que Romero ha adorado y seguido desde su infancia.

La “conversión” de Romero se caracteriza, pues, como una conversión al rostro de Cristo reconocido en la historia de los hombres en la que está inmerso.

Hablando de conversión, hay que aclarar que debemos referirnos a la conversión permanente del cristiano y del obispo, que quiere asumir con plena conciencia sus deberes pastorales, de manera que, en una situación de crisis dramática y confusa, se hace defensor civitatis, siguiendo la tradición de los antiguos Padres de la Iglesia: defiende al clero perseguido, protege a los pobres, afirma los derechos humanos tomando a la letra el Magisterio pontificio y conciliar[33]. La muerte del jesuita Rutilio Grande y la manera equívoca con que le fue comunicada por el Presidente de la República[34] representaron para Mons. Romero un signo que no podía dejar de leer. Los hechos le mostraban una realidad diferente a la del pasado y una diferente colocación suya en la responsabilidad frente a ellos. Todo esto exigía otro tipo de respuesta que Mons. Romero no esquivó[35]. Más que de una conversión, según Mons. Rosa Chávez, predecesor de Romero en San Salvador, sería correcto hablar de una evolución natural en quien vive una conversión permanente, en total apertura hacia Dios y los hombres[36].

En la misma línea interpretativa se mueve Mons. Arturo Rivera Damas, ya auxiliar junto con Mons. Romero de Mons. Chávez y, luego, sucesor del mismo Romero. Presentando la biografía escrita por el p. Jesús Delgado, escribe: “Concuerdo con los que definen este cambio una conversión. Pero, para mí es una gran satisfacción aprender de las investigaciones de Delgado que no se ha tratado de un cambio improviso, como el que aconteció en san Pablo, sino de una conversión lenta, como suele acontecer en los comunes mortales, en cada uno de nosotros: ella fue madurando poco a poco en el corazón de aquel hombre a veces atormentado, a veces intrépido, siempre generoso. Creo que Delgado ha logrado definir de manera exacta el momento, la ‘hora’ de aquel cambio”[37].

Volvamos a leer a Romero en su homilía del cuarto domingo de Cuaresma (16 de marzo de 1980): “Si viéramos que es Cristo el hombre necesitado, el hombre torturado, el hombre prisionero, el asesinado; y en cada figura de hombre, botada tan indignamente por nuestros caminos, descubriéramos a ese Cristo botado, medalla de oro que recogeríamos con ternura y la besaríamos y no nos avergonzaríamos de él... El hombre es Cristo y en el hombre visto con fe y tratado con fe, miramos a Cristo, al Señor...”[38].

La “conversión” de Romero no es una conversión a alguna ideología.

“Romero es nuestro”, gritó Juan Pablo II arrodillado frente a la tumba de Mons. Romero[39].

La visita de Juan Pablo II a la tumba de Mons. Romero fue querida con "testarudez" por el mismo Santo Padre, en oposición a las condiciones puestas por el Gobierno y al consejo de los mismos Obispos.

Lo recuerda el Card. Roberto Tucci, en aquel tiempo organizador de los viajes del Papa al exterior, en una reciente entrevista a “L’Osservatore Romano”, traído por “La Civiltà Cattolica”.

Testimonia, a propósito, el Card. Tucci: “Me gusta empezar recordando el coraje que mostraba papa Wojtyla en el afrontar situaciones difíciles, a veces, también escabrosas o peligrosas. Era testarudo. ¡Cómo olvidar su determinación en el querer rezar, a toda costa, sobre la tumba del Arzobispo Óscar Arnulfo Romero en San Salvador! Ignorar aquella tumba había sido una de las condiciones puestas por el Gobierno para autorizar la visita. Los Obispos desaconsejaron al Papa de ir. No hubo nada que hacer: Juan Pablo II quería hacerlo, porque se trataba de un Obispo asesinado mientras celebraba la Eucaristía. Cuando llegamos al lugar, hallamos la catedral atrancada. El pontífice se empecinó, y dijo que no se habría movido de allí hasta que le hubiese sido permitido rezar sobre aquella tumba. Quedamos por largo tiempo en la plaza desierta. La policía había hecho alejar a todos, no estaba nadie. Pero, luego la llave llegó, y el Papa pudo permanecer por largo tiempo sobre aquella tumba”[40]. No instrumentalizar a Romero por intereses ideológicos, como pedía Juan Pablo II, es unirlo a los rostros contemplados, en los que entreveía el rostro de Cristo. No el rostro del Cristo glorioso, sino aquel del Cristo transfigurado en el Getsemaní, en el Calvario, en el Gólgota.

Romero ve. Ve “rostros de campesinos sin tierras, ultrajados y matados por las fuerzas y el poder. Rostros de obreros despedidos sin causa, sin paga suficiente para sostener sus hogares. Rostros de ancianos, rostros de marginados, rostros de habitantes de los tugurios, rostros de niños que ya desde su infancia comienzan a sentir la mordida cruel de la injusticia social”[41].

Romero ve porque ha hecho “la experiencia de Dios”, ve porque no es el hombre “doblado” en sí mismo y, como tal, capaz solamente de mirarse a sí mismo con sus problemas.

Pecado personal como origen del pecado social

Romero vuelve insistentemente al problema de la penitencia, de la conversión del corazón, de la liberación del pecado personal.

“La primera liberación que tiene que propiciar una agrupación política que de veras quiere la liberación del pueblo, tiene que ser: liberarse él mismo de su propio pecado. Y mientras sea esclavo del pecado, del egoísmo, de la violencia, de la crueldad, del odio, no es apto para la liberación del pueblo”[42].

Y en la ya citada homilía en la Misa exequial del padre Rutilio Grande, volvemos a encontrar el mismo tema: “Y mientras no se viva una conversión en el corazón, una doctrina que se ilumina por la fe para organizar la vida según el corazón de Dios, todo será endeble, revolucionario, pasajero, violento”[43].

Romero, en vísperas de su muerte, en el quinto domingo de Cuaresma, nos deja su testamento[44].

En la línea de la más auténtica visión cristiana, él insiste sobre la conversión del corazón, sobre la conversión personal. Desconfía de los que se esconden detrás del anonimato de la “injusticia estructural, de la violencia institucionalizada, del pecado social”. Busca el origen de este “pecado social” y lo encuentra “en el corazón de cada hombre”. Es ahí donde ante todo se debe atacar el pecado, es ahí donde se combate la batalla decisiva, es necesario empezar desde ahí.

El pecado social es consecuencia del pecado personal del hombre. “Por eso, la salvación comienza desde el hombre, desde la dignidad del hombre, de arrancar del pecado a cada hombre. Y en la Cuaresma, este es el llamamiento de Dios: ¡Convertíos! Individualmente”. Romero ve en el pecado, en el pecado que, aún antes de manifestarse en actos exteriores y cristalizarse en estructuras sociales, está en lo profundo del corazón del hombre, el origen del Mal que está por dominarlo.

“En el corazón del hombre están los egoísmos, las envidias, las idolatrías y es allí donde surgen las divisiones, los acaparamientos... Hay que purificar, pues, esa fuente de todas las esclavitudes. ¿Por qué hay esclavitudes? ¿Por qué hay marginaciones? ¿Por qué hay analfabetismo? ¿Por qué hay enfermedades? ¿Por qué hay un pueblo que gime en el dolor? Todo esto está denunciando que existe el pecado”.

Romero ve los límites de cada liberación que no parta de la conversión del corazón del hombre. Para él “cada solución para una organización política acomodada al bien común de los salvadoreños, tendrá que buscarse siempre en el conjunto de la liberación definitiva”. Si no se quiere caer en la ilusión de fáciles y trágicos inmediatismos, para Romero es necesario ir al centro del problema, a lo que “la Iglesia siempre estará predicando: arrepiéntanse de sus pecados personales”.

En esta visión no nos extrañan las palabras de Romero: “No hay tiempo más precioso, creo yo, para ayudar a la Patria que la Cuaresma, vivida como una gran campaña de oración y de penitencia”[45].

Romero ha muerto porque ha visto. Ha visto el rostro de Dios y ha visto el rostro de su pueblo. Ha visto el rostro de los oprimidos, pero ha visto también el rostro de sus opresores.

Él ha muerto porque ha llamado todos a la conversión. Él nos ha recordado que “Jesús no excluyó a nadie, ni de su mensaje ni de la invitación a entrar en el Reino. Amó a todos sus contemporáneos; y porque los amó realmente a todos ellos, les pidió la conversión”[46], que Romero experimenta en sus propias carnes y “es difícil y dolorosa porque el cambio que se exige no solo se refiere a modos de pensar sino también a formas de vivir”[47].

El camino de la conversión permanente, nos enseña este gran Obispo, es el camino duro y áspero que conduce al Calvario. Es el camino que sale del corazón para alcanzar al mundo en el abrazo de la cruz.

Es el camino difícil y doloroso que nos lleva al éxodo y a la diáspora, a la muerte de seguridades adquiridas y de afectos consolidados. Pero, es el único camino que nos hace fieles a Dios y a los hombres, que permite que en nuestro cuerpo ofrecido se realice la reconciliación entre Dios y el mundo.

En un texto de Puebla, tomado por la Redemptoris missio, está escrito que “los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida y aun escarnecida. Por eso, Dios toma su defensa y los ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de la misión y su evangelización es por excelencia señal y prueba de la misión de Jesús”[48].

A estos pobres Romero los amó hasta el acto supremo del martirio, dando en esto “signo y prueba de la misión de Jesús”.

Él nos abre el camino a la comprensión del texto de la Redemptoris missio que nos recuerda que es “el amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno”[49].

Olvidar esto o ponerlo entre paréntesis quiere decir cerrarnos a la comprensión del profundo significado dado por Juan Pablo II al tema de la nueva evangelización.

Emilio Grasso

 

* Emilio Grasso, Han creído en un mundo nuevo. Rostros de esperanza en la América Latina de ayer y de hoy, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2006, 29-42.

 

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[1] Para un análisis del sentido y contenido de la expresión “nueva evangelización”, remitimos a: P. Giglioni, Perché una “nuova” evangelizzazione, en “Euntes Docete” 43 (1990) 5-36; P. Giglioni, Il vocabolario missionario, en “Euntes Docete” 44 (1991) 265-285. Por lo que se refiere a las últimas cuestiones que ella suscita, cf. J. Rigal, La Nouvelle Évangélisation. Comprendre cette nouvelle approche. Les questions qu’elle suscite, en “Nouvelle Revue Théologique” 127 (2005) 436-454.

[2] Redemptoris missio, 90.

[3] Cf. E. Grasso, Fondamenti di una spiritualità missionaria. Secondo le opere di Don Divo Barsotti, Università Gregoriana Editrice (Documenta Missionalia 20), Roma 1986, 46.

[4] La literatura acerca de Mons. Romero se hace cada vez más amplia. El último de la lista es el documentado y profundizado texto de R. Morozzo della Rocca, Primero Dios. Vita di Oscar Romero, Mondadori, Milano 2005.

[5] Para un análisis y reflexión acerca del estatuto epistemológico del martirio a partir de nuevas realidades presentadas por la historia, cf. A. Melloni, Martirio y santidad en el siglo XX, en R. Morozzo della Rocca (ed.), Óscar Romero. Un obispo entre guerra fría y revolución, San Pablo, Madrid 2003, 243-263; cf. A. Riccardi, Ils sont morts pour leur foi. La persécution des chrétiens au XXe siècle, Plon/Mame, Paris 2002.

[6] Domenica a San Salvador le esequie di mons. Romero, en “L’Osservatore Romano” (28 marzo 1980) 4.

[7] Cf. M. Pellegrino, Monsignor Oscar Romero: testimone della fede, martire per la giustizia, en “Vita e Pensiero” 63/6 (1980) 2-7.

[8] Cf. Romero... y lo mataron. Scritti e discorsi di una vittima della repressione in America Latina, A.V.E., Roma 1980, 271.

[9] Cf. Romero... y lo mataron..., 273.

[10] V. Volpini, Morire per Cristo, en “L’Osservatore Romano” (26 marzo 1980) 1.

[11] Juan Pablo II, Supplica a Dio per la pace nel Salvador (2 de abril de 1980), en Insegnamenti, III/1, 797.

[12] Juan Pablo II, Ricordo dell’Arcivescovo di San Salvador Oscar Romero (25 de marzo de 1981), en Insegnamenti, IV/1, 771.

[13] Juan Pablo II, Ricordo di mons. Romero nel terzo anniversario della morte (23 de marzo de 1983), en Insegnamenti, VI/1, 801.

[14] B. Sorge, L’assassinio di mons. Oscar A. Romero, Arcivescovo di San Salvador, en “La Civiltà Cattolica” 131/II (1980) 64.

[15] R. Morozzo della Rocca, Primero Dios…, 368.

[16] Cf. Juan Pablo II, Omelia alla Messa celebrata al “Metro Centro” di San Salvador (6 de marzo de 1983), en Insegnamenti, VI/1, 602; cf. Juan Pablo II, Ricordo di mons. Romero..., 801.

[17] B. Sorge, L’assassinio di mons. Oscar A. Romero..., 65.

[18] B. Sorge, L’assassinio di mons. Oscar A. Romero..., 65.

[19] O. A. Romero, Homilía 1er Domingo de Cuaresma (ciclo C, 24/02/80). Los pasajes de las homilías de Mons. Romero, transcritos en este texto, son traídos del sitio: http://www.servicioskoinonia.org/romero. Desde ahora en adelante, indicaremos el título, el ciclo y la fecha de la homilía.

[20] Homilía 6° Domingo de Pascua (ciclo C, Planes de Renderos 15/05/77).

[21] Mons. Oscar Arnulfo Romero. Su Diario. Desde el 31 de marzo de 1978 hasta jueves 20 de marzo de 1980, Publicación del Arzobispado de San Salvador, 1970, 175.

[22] Homilía del 1er aniversario de la Sra. Sara de Pinto (última homilía de Mons. Óscar A. Romero) (ciclo C, 24/03/80); corregida por R. Morozzo della Rocca sobre la base de la escucha del texto original, cf. R. Morozzo della Rocca, Primero Dios…, 345-346.

[23] Cf. Fichero de las tesis de la Pontificia Universidad Gregoriana; cf. J. Delgado Acevedo, La cultura de monseñor Romero, en R. Morozzo della Rocca (ed.), Óscar Romero..., 47-64.

[24] Cf. A. Levi, Oscar A. Romero. Un Vescovo fatto popolo, Morcelliana, Brescia 1981, 23-25.

[25] Cf. J. Sobrino, Monseñor Romero mártir de la liberación. Análisis teológico de la figura y obra de Mons. Romero, en “Misiones extranjeras” n. 57 (1980) 284.

[26] Homilía 2° Domingo de Cuaresma (ciclo C, 02/03/80).

[27] Homilía 3er Domingo de Cuaresma (ciclo C, 09/03/80).

[28] K. Rahner, Conversión, en Sacramentum Mundi, I, Editorial Herder, Barcelona 1982, 977.

[29] Acerca de la figura y actuación del padre Rutilio Grande, cf. G. Arroyo, El Salvador: les risques de l’Evangile, en “Etudes” 348 (1976) 293-311; cf. R. Cardenal, Historia de una esperanza. Vida de Rutilio Grande, UCA Editores, San Salvador 1985.

[30] Cf. G. Arroyo, La conversion et la mort d’Oscar A. Romero, en “Etudes” 352 (1980) 581; cf. J. Sobrino, Monseñor Óscar A. Romero. Un obispo con su pueblo, Editorial Sal Terrae, Santander 1990, 13-21.

[31] Homilía en la Misa exequial del padre Rutilio Grande (14/03/77).

[32] Homilía en la Misa exequial del padre Rutilio Grande (14/03/77).

[33] Cf. R. Morozzo della Rocca, La controvertida identidad de un obispo, en R. Morozzo della Rocca (ed.), Óscar Romero…, 16. Según Sobrino, Mons. Romero “pasó no solo por una conversión –o cambio importante–, como es admitido, sino que pasó también por una evolución en su concepción de la Iglesia y en su sentir con ella”, J. Sobrino, Prólogo. El sentir de Monseñor con Dios, con el pueblo y con la Iglesia, en D. Marcouiller, El sentir con la Iglesia de Monseñor Romero, Editorial Sal Terrae, Maliaño (Cantabria) 2004, 20.

[34] Cf. J. Delgado, Monseñor. Vita di Oscar Arnulfo Romero, Paoline, Cisinello Balsamo (MI) 1986, 120.

[35] Cf. H. Dada Hirezi, Monseñor Romero y la política en El Salvador, en R. Morozzo della Rocca (ed.), Óscar Romero…, 209-210.

[36] Cit. en R. Morozzo della Rocca, La controvertida identidad de un obispo, en R. Morozzo della Rocca (ed.), Óscar Romero…, nota 3, 16.

[37] A. Rivera Damas, Presentazione, en J. Delgado, Monseñor..., 5.

[38] Homilía 4° Domingo de Cuaresma (ciclo C, 16/03/80). Volvemos a encontrar en ésta, como en otras homilías de Mons. Romero, el eco profundo de la pasión que animó a Las Casas: “Su amor por Jesucristo vivo, flagelado, abofeteado, crucificado y muerto en los pobres cautivos de las Indias, no una sino millares de veces. De allí su convicción de que amar a Cristo lleva a liberar al indio e impedir que les quiten la vida antes de tiempo a través del régimen de la encomienda. Una vez más, y en esta ocasión identificándolo con Cristo, hallamos ese agudo sentido del pobre, y de su vida concreta, material, temporal. Despojarlo, explotarlo, matarlo es blasfemar el nombre de Cristo”, G. Gutiérrez, En busca de los pobres de Jesucristo. El pensamiento de Bartolomé de Las Casas, Ediciones Sígueme, Salamanca 1993, 103.

[39] Cf. A. Riccardi, Ils sont morts…, 440.

[40] M. Ponzi, Un testimone della Chiesa contemporanea. A colloquio con il cardinale Roberto Tucci, in “La Civiltà Cattolica” 161/I (2010) 227.

[41] Homilía 2° Domingo de Cuaresma (ciclo C, 02/03/80).

[42] Homilía 2° Domingo de Cuaresma (ciclo C, 02/03/80).

[43] Homilía en la Misa exequial del padre Rutilio Grande (14/03/77).

[44] Las siguientes citas entre comillas son traídas de Homilía 5° Domingo de Cuaresma (ciclo C, 23/03/80).

[45] Homilía 6° Domingo de Tiempo Ordinario (ciclo C, 17/02/80). En Romero, conversión del corazón y reconciliación-justicia-paz en el mundo, en el centro de los conflictos, caminan teniéndose de la mano.

[46] “La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la historia”. Segunda carta pastoral de Monseñor Óscar A. Romero, Arzobispo de San Salvador (6 de agosto de 1977), en Cartas pastorales y discursos de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, IV Arzobispo de San Salvador, Publicaciones de Fundación Monseñor Romero, San Salvador 2003, 39.

[47] “La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la historia”..., 33.

[48] Documento de Puebla, 1142; Redemptoris missio, 60.

[49] Redemptoris missio, 60.


23/05/2015