Vida de la parroquia de Ypacaraí



PARA UNA ESPIRITUALIDAD DE UN CORO/1

Encuentros con el coro juvenil de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús

 

Desde hace varios meses, un grupo de jóvenes de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay) ha asumido el compromiso de formar un coro, que participe en las celebraciones litúrgicas. Algunos tocan la guitarra, otros cantan solamente. Era importante, para todos ellos, después de seguir la enseñanza de un maestro de música y de canto, conocer de manera más específica la función de la música y del canto en la celebración eucarística, y el auténtico papel de un coro eclesial.

Algunos encuentros con Emilio, quien sobre este tema ha escrito un “Cuaderno de Pastoral” (Música y canto en la celebración eucarística. Para una espiritualidad del canto), han dado a ellos, además de muchos consejos técnicos, también algunos elementos importantes de espiritualidad para formar un coro litúrgico.

Un texto de los Sermones de san Agustín se ha revelado fundamental para comprender, ante todo, el significado del canto religioso: “Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Buscáis qué celebrar de aquel a quien amáis?Lo que se alaba es el cantor mismo. ¿Queréis entonar alabanzas a Dios? Sed vosotros lo que decís. Sois su alabanza si vivís bien” (Sermón 34, 6).

Un coro eclesial canta para dar gloria a Dios, y para ayudar a los hombres a encontrar al Señor a quien aman: este es el fundamento que hace a un coro litúrgico diferente de un grupo musical cualquiera.

Este fundamento, recordaba Emilio, implica no solo la competencia y la calidad musical del coro, sino también y sobre todo la vida personal de cada uno de sus miembros. Para dar sentido a lo que se hace, en efecto, es necesario que en cada uno haya correspondencia entre interioridad y exterioridad. Cada miembro del coro debe comprender y vivir las palabras del canto que está ejecutando. Si se cantan palabras de amor, de paz, de vida, de alabanza al Señor, estas luego deben ser vividas, no se puede actuar de modo contrario. Es necesario, ante todo, ser honestos consigo mismos, y se es así solo cuando se vive lo que se dice: la novedad es vivir las cosas dichas.

La vida personal de quien canta, pues, no es algo externo y separado de lo que se canta, sino que entra a formar parte de la expresión musical, de otra manera se cae en la hipocresía. Un corista puede tener una voz estupenda, un instrumentista puede tocar la guitarra de manera excepcional, pero, si su vida no se armoniza con su canto, no está desarrollando una función litúrgica.

Si queremos alabar al Señor y cantarle un cántico nuevo, dice san Agustín, tenemos que vivir en acuerdo con lo que pronuncian nuestros labios.

Este es un esfuerzo importante que cada uno está llamado a hacer, si se quiere formar un coro que realice la propia función litúrgica, que no cante para recibir un aplauso o para cosechar un éxito.

Cantar al Señor el cántico nuevo, del que habla san Agustín, no significa deber cambiar en continuación el repertorio musical y buscar siempre nuevos cantos; no cabe duda de que un repertorio se tiene que renovar y adaptar, pero el verdadero cántico nuevo está en la novedad de la vida. El cántico nuevo es la misma persona que canta.

San Agustín

Quien recibe el ministerio de cantar en una asamblea eucarística está llamado a hacerlo con espíritu de oración, en la presencia de Dios y de su pueblo. El canto sagrado es esencialmente una oración. El coro acompaña a la oración cantada en la asamblea como el Buen Pastor guía a su rebaño hacia los pastos eternos del Señor.

Las palabras, pues, deben ser pronunciadas bien y el canto tiene que ser ejecutado bien. Es importante la presencia y la guía de un director del coro, para que todos los miembros canten juntos en armonía y se aprenda a cantar a más voces.

Un coro tiene que transformarse, lentamente, en una escuela de canto para toda la asamblea litúrgica, para que todo el pueblo logre cantar al Señor durante la liturgia eucarística. No se trata de organizar un musical o un espectáculo musical, ni un concierto de una cantante famosa, sino que es el pueblo de Dios quien debe cantar.

Es también necesario, en tal sentido, considerar la posición del coro dentro de la asamblea: es oportuno que se coloque no en un lugar apartado, sino en un lugar central, que favorezca la participación de todos, así como es esencial tratar de ejecutar cantos simples, en que se repite un estribillo y que todos pueden aprender a cantar.

Música y canto orientan a Dios

La música y el canto tienen una importante función de signo. Indican algo que va más allá de lo que se canta y se suena, llaman la atención de la persona a fin de que se dirija y se oriente a Dios, a Jesús, a la Eucaristía.

Un coro no es algo autorreferencial, es decir, que apunta al propio éxito, a la propia capacidad artística, a la popularidad, sino que es un servicio para el cual los coristas se olvidan se sí mismos, donan las propias  capacidades para ayudar al pueblo reunido en la asamblea eucarística a orientar la atención a Dios. La referencia principal de la celebración litúrgica no puede ser el coro, como tampoco el sacerdote, los monaguillos o los lectores. El centro es Dios y todo se dirige a Él. La finalidad del canto sagrado, por tanto, no es la de hacer escuchar unas lindas canciones o un poco de buena música: canto y música, en cambio, tienen que acompañar la concentración de toda la asamblea hacia la Eucaristía y favorecerla.

La música, a menudo, crea una atmósfera, un ambiente, donde es más fácil concentrarse y prestar la debida atención para llegar al encuentro silencioso con el Señor.

En la celebración eucarística, el coro tiene que favorecer este encuentro, luego, una vez terminado su servicio, desaparece, como cualquier otro elemento litúrgico; no puede atraer el centro de la atención y sustituir al encuentro de cada uno con Dios. El canto religioso, pues, tiene que ser simple, bello, sinfónico y armonioso, no debe distraer, sino que, más bien, debe acompañar al hombre al encuentro con Dios, como si tuviera que conducir a la esposa hacia el tálamo nupcial donde la espera el esposo, para luego desaparecer. El canto favorece el encuentro, pero, una vez que se haya llegado a él, está el silencio. En la Misa son importantes los momentos de silencio, los espacios personales de oración, solos con el Señor.

El canto ayuda, así, a fortificar el espíritu y lo invita a contemplar, a penetrar, a amar cada vez más a Jesús en la Eucaristía. Esta es su función: orientar al Señor, ayudar a entrar en relación con Él y elevar al hombre hacia Dios, hacia la belleza, el amor, el Paraíso.

El Paraíso, decía el gran escritor británico C. S. Lewis, es el lugar donde solo hay vida, y donde todo lo que no es música es silencio. No hay ruido en el Paraíso. El ruido no tiene acordes, no es un cantar al unísono, donde cada uno cumple su tarea armoniosamente: el ruido es el Infierno. El ruido impide hablar, no permite amar, no hace posible el encuentro, no permite nada.

La música, en cambio, es sinfonía: todos cantan juntos, pero cada uno con la propia diversidad, con su instrumento, todos coordinados y acordados entre sí por la maestría del director.

En la tradición de la Iglesia, pues, no todo tipo de música está permitida en una celebración litúrgica. No está admitido cualquier tipo de canto y de instrumento musical, porque algunos instrumentos distraen, crean estruendo y anulan la función del canto y de la música sagrada: la armonía de voces y sonidos que elevan a Dios.

Música y canto mueven la voluntad

Si las palabras mueven la inteligencia, el canto y la música mueven la voluntad del hombre, ayudan a educarla. Por eso, la liturgia está compuesta por palabras y gestos diferentes que implican todo el cuerpo y las facultades humanas. El canto crea el ambiente donde la voluntad se mueve y se armoniza con la inteligencia.

El hombre, en efecto, no es solo inteligencia, razonamiento, lógica, es también sentimiento, voluntad, corazón. Cuando se trata de mover la voluntad, la música interviene. La música da fuerza, mueve la voluntad de lucha, de reacción, de movimiento, de amor. En muchas culturas la música y el canto empujan al movimiento y están siempre asociados a la danza, también en las liturgias eucarísticas.

Es importante, para un coro eclesial, tener presente estos elementos y, buscando el acuerdo entre inteligencia y voluntad, considerar siempre tiempos, momentos y lugares. Música y canto en una celebración eucarística en efecto, se deben elegir teniendo en cuenta los varios momentos y tiempos litúrgicos: el canto de entrada no es como el de despedida; el canto del ofertorio no es el del momento de la comunión; un canto que se ejecuta en el tiempo de Adviento o de Navidad es diferente de uno del tiempo pascual. Un canto que se ejecuta para acompañar el último saludo a una persona que ha fallecido es diferente del que se hace en un matrimonio o en un bautismo.

La Sagrada Escritura invita a cantar al Señor en toda ocasión: un canto puede ser de alabanza, de agradecimiento, de perdón, pero, tiene que ser siempre un canto que el pueblo de Dios pueda cantar. El aspecto esencial es que el coro estimule a fin de que un canto esté lo más posible participado, porque en la unión de las voces se manifiesta la unidad la Iglesia; al cantar unidos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, se revela la Eucaristía, sacramento de la unidad de todo el pueblo de Dios.

No es fácil construir a un verdadero coro, recordaba Emilio: la música y el canto están constituidos por una variación de notas y tonalidades, por una combinación proporcionada, matemática de notas y silencios que crean una armónica belleza. La música y el canto exigen, por tanto, entrenamiento, estudio, práctica, si se quiere producir sinfonía de voces y de instrumentos. Pero requieren también esfuerzo, ascesis, lucha, saber superar las dificultades. No todos están llamados a desarrollar este servicio, pero quienes asumen seriamente el ministerio del canto litúrgico deben tener siempre presente que un coro eclesial tiene la tarea esencial de conducir a todos hacia el reino de la belleza y de la armonía, donde se canta, se danza, se ama, se contempla y se crea la amistad auténtica.

(A cargo de Emanuela Furlanetto)

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

19/06/2015