Islam y Cristianismo


LA MUERTE Y LA ESPADA NO HAN VENCIDO

Encuentro con la hermana Shereen Abbassi

 

 

La Beata Madre Caterina Troiani

La hermana Shereen Abbassi es una joven religiosa perteneciente a las Franciscanas Misioneras del Corazón Inmaculado de María, llamadas de Egipto, una Congregación fundada en 1868 en El Cairo por la Beata Madre Caterina Troiani, y actualmente presente en cuatro continentes.

La hermana Shereen, que es jordana, desde el 2003 vive en Roma, donde ha completado el noviciado y ha cursado estudios filosóficos y teológicos, consiguiendo la licenciatura en Teología Dogmática con especialización en Cristología, discutiendo una tesis titulada Jesucristo en su muerte mata nuestra muerte. Actualmente está cursando un master en el Agostinianum y está preparando un doctorado en la Pontificia Universidad Lateranense, además de desarrollar varias funciones en su Congregación.

Por sus orígenes y su formación, que la arraigan en culturas diferentes, se sitúa en un punto de observación privilegiado para interpretar los acontecimientos dramáticos, que en los últimos meses han llevado el Oriente Próximo a las primeras páginas de los diarios. Pertenece a una cristiandad árabe, que se ha conservado también después de catorce siglos de dominación islámica: en el territorio de la que hoy se llama Jordania, algunas tribus árabes han conservado la fe que habían abrazado ya en los albores de la era cristiana. En efecto, los Hechos de los Apóstoles nombran a los árabes entre los pueblos presentes en Jerusalén el día de Pentecostés, y san Pablo, dando informaciones sobre su conversión, afirma que, después de la revelación en el camino hacia Damasco, se fue inmediatamente a Arabia (cf. Gal 1, 17). Desde entonces, la semilla echada creció, tanto que en el Concilio de Nicea, en el 325, las listas de los presentes atestiguaban la participación de una decena de Obispos de ciudades de la actual Jordania. En los siglos sucesivos, se tendrá noticia también de la existencia de Obispos “de los árabes que viven bajo las tiendas”. Hoy en día, las estimaciones hablan de un porcentaje de cristianos difícil de evaluar, pero probablemente comprendido entre el 3 y el 5%.

“Existe quien desgarra el corazón del hombre”

Cuenta la hermana Shereen: “Soy originaria de Ain Janna, una pequeña ciudad que ha permanecido por mucho tiempo de mayoría cristiana, en el norte de Jordania. Luego, gradualmente, la emigración y la venta de terrenos, también a consecuencia de varias presiones y amenazas, han hecho de manera que la mayoría se volviera musulmana”.

El tiempo, los estudios, las experiencias maduradas le han hecho desarrollar lo que ella define “un ojo crítico”, con respecto a la realidad socio-religiosa en la cual ha nacido y crecido. Ahora puede poner en perspectiva lo que antes le parecía normal o descontado. El resultado es un cuadro rico en matices.

“Cristianos y musulmanes comparten las mismas costumbres, la misma lengua, el mismo modo de vestir, hasta el punto que los cristianos, una pequeña minoría, han asimilado la cultura circunstante y han asumido, también inconscientemente, varios aspectos de la sharía (ley islámica). En nuestra pequeña ciudad, y más generalmente en toda Jordania, las relaciones entre cristianos y musulmanes están caracterizadas por una convivencia amistosa y pacífica, que es una gran riqueza. Nuestras fiestas religiosas son también las suyas: ellos vienen a felicitarnos, así como nosotros les expresamos nuestros deseos con ocasión de sus fiestas. Cuando alguien fallece, nos reunimos sin tener en cuenta las diferencias: recuerdo que algunos musulmanes vinieron a la iglesia para el entierro de mi hermana. Y recuerdo que algunas mujeres musulmanas venían a nuestros matrimonios, se quitaban el velo y bailaban con nosotros, para luego velarse de nuevo antes de volver a casa. Repensando en estos episodios, me doy cuenta de que existe Alguien, que actúa y habla en cada conciencia, que desgarra el corazón del hombre”.

La vida cotidiana, por lo tanto, es el terreno de encuentro entre cristianos y musulmanes: “Mi papá, que era campesino, intercambiaba los frutos de la primera cosecha con los vecinos musulmanes. Era también enfermero e iba a asistir a algunos enfermos en cada hora del día y de la noche, aun cuando había peligro. Peligro, porque también nuestra familia, como la casi totalidad de las familias cristianas, ha debido enfrentar algunas amenazas, por medio de las cuales querían inducirnos a irnos, malvendiendo nuestro terreno y nuestra casa. Estaba alguien que venía a molestar, tanto que a menudo yo tenía miedo a salir de mi pieza durante la noche y temía encontrar a algunos extraños, o ser espiada por las ventanas. Nos descompusieron también el coche. Pero, eran actos de una minoría”.

Estas experiencias no desfiguran la imagen global, que la hermana Shereen conserva, de una buena convivencia. “En Jordania –continúa– los cristianos son respetados. Me siento segura: puedo caminar por la calle vestida de monja sin que me escupen encima, como ocurre, en cambio, en otros países musulmanes, y puedo hacer la señal de la cruz en público. La familia real sostiene, desde hace tiempo, las escuelas cristianas y anima el fortalecimiento de las relaciones de amistad entre cristianos y musulmanes. El Estado, además, permite a los trabajadores cristianos tener una hora libre el domingo para ir a Misa”.

El vía crucis de las Iglesias de Oriente

La escuela quemada en Bani Swaif (Egipto)

Una condición que contrasta, pues, con la de los cristianos en muchos otros países musulmanes, donde son objeto de discriminaciones que rayan en la persecución. Situaciones que la hermana Shereen conoce bien, también porque varias Hermanas suyas han vivido personalmente el conocido vía crucis de los últimos meses.

“Nuestra Congregación –explica– ha dejado Qaraqosh, una ciudad cristiana iraquí devastada por el ISIS. En Siria, algunas de nuestras Hermanas han sido secuestradas por los jihadistas junto con el padre Hanna Jallouf. En Bani Swaif, en Egipto, nuestra escuela ha sido quemada”. Todos estos acontecimientos, las largas conversaciones con aquellas Hermanas, han marcado profundamente a la hermana Shereen: “Vuelvo a ver los ojos de una Hermana italiana, de vuelta de Siria, que llora no por el trauma de haber estado a un paso de ser asesinada, sino porque piensa en los niños, en los viejos, en los enfermos que ha dejado. No llora por la muerte y por la espada, sino que llora por amor, y esto da un gozo muy grande: lo que cuenta no son las obras, que de golpe podemos tener que abandonar, sino que es la fidelidad sin condiciones, la confianza en la persona humana expresada también en las adversidades, la fe en la Providencia. Y la muerte y la espada no han vencido: la escuela de Bani Swaif ha sido reconstruida. El martirio es siempre fecundo, y ninguna persecución podrá sofocar nunca a la Iglesia: ‘Mi palabra no vuelve a mí sin haber llevado a cabo lo por lo cual la he enviado’”.

Estructura de reclusión de las Hermanas secuestradas por lo yihadistas en Siria

Los cristianos de Oriente viven el silencio, el abandono y la desolación del Sábado Santo: experimentan la muerte, a la espera, desde hace mucho tiempo prolongada, de la resurrección. “Es la belleza de una Iglesia que no da marcha atrás, sino que profesa el nombre de Jesús en todas las circunstancias, también a costa de la muerte. Es una Iglesia de rodillas, que vive la Pasión de Cristo: es Jesús perseguido”. Y esto vale también para las Iglesias cristianas de Jordania, a pesar de la tolerancia de que gozan: “La persecución, en Jordania, está representada por no poder ser instruidos en la propia fe. De esto deriva una ignorancia religiosa que es una amenaza para la existencia de la Iglesia, y cuya consecuencia es un sincretismo entre las diversas confesiones cristianas, que es hijo de la indiferencia, y que no tiene nada que ver con un auténtico ecumenismo. En las escuelas estatales, por ejemplo, no se admite la enseñanza religiosa cristiana. Solo ahora, de mayor, me doy cuenta de la injusticia que he sufrido de niña: nacida en una familia ortodoxa, iba a una escuela de enseñanza básica protestante y, durante la hora de religión islámica, que también los institutos cristianos tienen que organizar obligatoriamente, nos concedían salir a jugar. Si nos persiguen, evangélicamente somos felices. Pero, si somos tibios, indiferentes, Dios nos va a vomitar. Y me doy cuenta de que también en mi misma familia se vive esta indiferencia. Recuerdo, luego, la emoción enorme cuando por primera vez he vivido el abrazo de la Plaza de San Pedro: en nuestro país una manifestación pública de fe, una procesión, una celebración en una plaza es impensable. Una imagen de la Virgen en una calle no existe. ¿Es peor la persecución de la sangre o la otra, la moral?”.

A la derecha, la hermana Shereen con dos de sus Hermanas

Es sorprendente que en un ambiente semejante surjan vocaciones como la de la hermana Shereen: “De niña iba a limpiar la iglesia y llevaba las flores a la Virgen. Hasta la conclusión de las escuelas superiores, en un bachillerato superior estatal, no sabía qué significaba ‘espiritualidad’; luego he participado en un campo organizado por las Franciscanas Misioneras de Egipto y, lentamente, ha nacido mi vocación, comprendida por mi madre, pero contrastada por mi padre, lo cual representaba un problema considerable en un ambiente machista como el nuestro. Esto no ha hecho sino reforzar mi fe, porque, como decía nuestra Fundadora, ‘cuanto más las obras encuentran oposición, más son obras de Dios’. La atención que me han mostrado las Hermanas y su humanidad me han tocado el corazón, haciéndome sentir llamada por nombre. No quiero perder nada de lo que me ha dado el Instituto, que ha sido como el regazo fecundo que me ha acogido y en el cual ha crecido la semilla echada por Dios. Me siento muy agradecida por las personas extraordinarias que Dios ha puesto a mi lado, y quiero responderle dando cada día no algunas obras, sino todo mi ser”.

(A cargo de Michele Chiappo)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


29/06/2015