Perfiles misioneros y espirituales



“A TIEMPO OPORTUNO E INOPORTUNO”/1

Los grandes temas de la predicación de Mons. Jean Zoa

 

 

Mons. Zoa fue consagrado Obispo el 21 de diciembre de 1961 en Roma e instalado en Yaundé (Camerún) el 7 de enero de 1962. A la cabeza de esta Arquidiócesis durante casi cuarenta años (hasta su muerte ocurrida el 20 de marzo de 1998), ha sido, por su acción y sobre todo por su visión teológica y pastoral, protagonista imprescindible de la historia, frecuentemente atormentada y difícil, de la Iglesia en Camerún y en toda África.

Empapado profundamente del espíritu del Concilio Vaticano II, en el cual había participado muy activamente, Mons. Zoa, se hizo promotor, en su diócesis, de una amplia pastoral de la inteligencia y de la responsabilidad contra la resignación y el fatalismo, a través de muchos medios y, en particular, a través de sus homilías.

Por supuesto, no es posible hacer una relación de todos los temas contenidos en su predicación, sobre todo con ocasión de las grandes festividades litúrgicas. Las homilías de Navidad, Pascua, Asunción y de Todos los Santos se vuelven verdaderos “eventos homiléticos”, junto con alocuciones pronunciadas en circunstancias más particulares, como ordenaciones presbiterales o hechos relativos al país[1].

Por eso, hay que destacar que la elección de los grandes temas de la predicación de Mons. Zoa es fruto de una lectura personal que he hecho de sus homilías y, por lo tanto, muy limitada, pero no por eso carente de sentido y de valor, por la familiaridad asidua con este pastor, sea en el plano personal y pastoral, sea en el del estudio de sus escritos.

Es una lectura de conjunto sincrónica que he querido privilegiar, aunque la lectura diacrónica de sus homilías habría permitido descubrir la evolución de estos temas, con referencia a los cambios de la sociedad y de la Iglesia[2].

Mons. Jean Zoa

Esta mirada de conjunto sobre sus homilías, aunque limitada, nos ha permitido divisar en Mons. Zoa la certeza de que las necesidades pastorales de África dependen del gran desafío de definir el lugar del hombre en el proceso de su encuentro con Dios, porque la función de este último es pensada de manera demasiado desproporcionada.

Todo su magisterio, en efecto, es atravesado de modo original por la visión de un hombre africano invitado a comprenderse como persona amada por Dios y a entrar en relación profunda y personal con Cristo; invitado a asumir en su vida, a través de una amplia “pastoral de la inteligencia”, algunos reflejos de racionalidad y a arraigar su fe en el humus de la razón; invitado también a volverse colaborador de Dios en el plan de la creación y de la salvación a través del dominio del mundo que le ha sido confiado, en la visión de una “teología de la creación” y de una “pastoral de la responsabilidad”, asumiendo el deber de construir su propia vida y de actuar para la construcción de la ciudad terrestre a la luz del Evangelio.

Una fe personal en un Dios que nos ama

Desde los comienzos de su episcopado, Mons. Zoa destacaba la urgencia, para el hombre, de cumplir un paso esencial de la religiosidad tradicional –riqueza del patrimonio cultural africano, que lo sumerge naturalmente en el mundo de la divinidad– a un acto de fe personal en el Dios personal[3].

Luego, ha continuado poniendo de relieve la distinción esencial que se debe hacer entre el sentimiento religioso y el acto de fe cristiano.

“Todas las etnias de Camerún han creído siempre en un Dios. Todos nuestros idiomas tienen una palabra o también varias palabras para indicar a este Ser supremo, muy grande, muy fuerte, que domina a todos con su potencia, que, sin embargo, es lejano, inaccesible. Nosotros no sabemos si tiene un corazón, un rostro”[4]. “Nuestros antepasados –añadía en otro lugar– eran fundamentalmente monoteístas: creían en un Ser supremo único, quien, sin embargo, después de retirarse en su atemporalidad incognoscible, había dejado la gestión corriente de las cosas y de los acontecimientos a algunos lugartenientes omnipresentes y omnipotentes, benévolos o maléficos”[5]. “La vida religiosa tradicional se parece a aquella noche misteriosa y dramática que Jacob pasó luchando, en la oscuridad, con un ser misterioso. La fe bíblica del Antiguo Testamento corresponde a la aurora… El Dios del Antiguo Testamento es un Ser viviente que busca la relación con los hombres, a quienes transforma en amigos”[6].

Este Dios a quien los antepasados buscaban andando a tientas, añadía, se ha revelado, se ha hecho conocer como amor que libera:

“Jesucristo en el pesebre nos lo revela como quien posee un corazón, un rostro… lleno de humanidad”[7].

Es necesario, pues, renovar nuestra fe

“en este Dios del cual nuestros antepasados han entrevisto la presencia y la fuerza extensas, pero sin descubrir su rostro y su corazón. Este Dios personal…[8]

que nos ama con ternura, es decir, gratuitamente. Mons. Zoa invitaba incansablemente a sus fieles a acoger este amor:

“Déquense amar… Para amar, es necesario ser amados, es necesario considerarse amados, dejarse amar… Aceptemos el amor de Dios. Aceptemos que somos amados. Dejémonos amar por Dios”[9].

Dios nos ama, repetía durante sus visitas pastorales, y su amor nos transforma, si lo aceptamos. Esta es la fe cristiana. Nosotros creíamos en un Dios creador; Jesucristo nos propone la fe en un Dios personal que nos ama. Y este amor es gratuito, constante, libre[10].

Mons. Zoa repetía continuamente, durante sus visitas pastorales, sobre todo en la zona rural de la Arquidiócesis, la más pobre, que el hombre negro no es maldito, que Dios ama al hombre africano y que es esta certeza de ser amado la que constituye la Buena Noticia que Cristo nos ha traído.

El amor que libra

Acogiendo en Yaundé, en 1995, a Juan Pablo II que había llegado para promulgar la exhortación apostólica Ecclesia in Africa, Mons. Zoa afirmaba que es el descubrimiento de las huellas del amor de Dios, sobre todo en la tempestad de la historia de este continente, el que

“hará posible la compresión de la realidad africana no solo a la luz de sus miserias, de todas sus llagas humanas y sociales, sino también a la luz de aquel realismo cristiano que toma en consideración toda la realidad. Esta realidad no es solo la realidad superficial, sino ante todo la realidad penetrada por la gracia de la Encarnación, que ha introducido ya en la historia de todos los hombres, también en la historia de este continente amado por Dios, la levadura trinitaria, la levadura de la Reconciliación”[11].

Él invitaba a África, en nombre de este amor de Dios que ha penetrado en el hombre africano martirizado por la historia, a asumir evangélicamente y a

“enfrentar sin miedo la memoria de su historia, sabiendo situar sus heridas en la historia de la Salvación, aquella Salvación que Cristo ha vivido en su carne durante su Pasión[12].

Estas heridas, según él, eran el lugar privilegiado

“donde Dios encuentra al hombre y habla a la humanidad entera, no con el lenguaje de la sabiduría o de los milagros, sino en el escándalo de la Cruz de Cristo, de las cruces de millones de crucificados a las cuatro esquinas de la historia”[13].

Su certeza era que los africanos habrían sabido librar nuevas energías creadoras, y descubrir nuevos caminos hacia la santidad y las razones de un optimismo realista y creador, a partir de la purificación de la memoria de la historia dolorosa y de la conciencia de que cada hombre de este continente atormentado tiene de ser amado personalmente y de saber que su nombre está escrito para siempre en las palmas de Cristo en la cruz.

En efecto,

“el cristiano sabe que la realidad del mundo y del universo cósmico tiene su fundamento en el Dios único, un Dios persona, un Dios amoroso y benigno. Por consiguiente… la fe en un Dios personal, único, omnipotente y Padre hará brotar en las almas y en las comunidades esas energías creadoras, que transformarán a los cristianos en militantes y en promotores convencidos de un desarrollo solidario, buscando el progreso colectivo de todos a través de una sana emulación… La fe en un Dios personal, único, omnipotente y Padre nos librará también de los ‘falsos dioses’ modernos, de los ‘ídolos’ representados por todo lo que nosotros erigimos como valor supremo en el lugar de Dios o por encima de Dios o igual a Dios. Estos falsos dioses pueden ser el dinero, el poder, el placer, la raza, la tribu, las costumbres, la descendencia, el Estado, el partido, las ideologías, etcétera”[14].

La conciencia de este encuentro con el Dios que nos ama personalmente se vuelve proyecto y acción, fe operante en la caridad, fe en el Dios de Jesucristo, fe que libra el presente de una cultura asfixiada por el fatalismo y que hace al hombre prisionero de una red de fuerzas –fuerzas de la naturaleza, del mundo visible e invisible– que lo arrastran por todas partes y contra las cuales no puede hacer nada, sino defenderse.

A partir de allí, en la visión de Mons. Zoa, el laico comprometido,

“evangélicamente auténtico e históricamente eficaz, del que nuestra Iglesia y Camerún tienen necesidad urgente, será: un contemplativo centrado en Cristo y en su Palabra; un apóstol responsable en el seno de su comunidad; un misionero preocupado de anunciar a Jesucristo; un constructor de la historia y un organizador de la ciudad”[15].

Giuseppe Di Salvatore

(Continúa)


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

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[1] Muchas homilías de Mons. Zoa han sido publicadas bajo forma de pequeños folletos. Se podrá encontrar el conjunto de sus homilías en los archivos del Arzobispado de Yaundé, B.P. 207 Yaundé (Camerún).

[2] Es suficiente notar cómo el discurso de Mons. Zoa sobre el “hacerse cargo de las actividades de desarrollo” (sobre todo de 1971 a 1991) de parte de los fieles se ha transformado progresivamente en “lucha contra la miseria” (de 1991 a 1998), a medida que la crisis económica golpeaba completamente al país, agravada por la mala administración de sus escasos recursos.

[3] Cf. J. Zoa, Homélie pour Noël (1968), en J. Zoa, Consignes pastorales 1969. Aux prêtres, laïcs, religieux et religieuses de l'Archidiocèse, s.i.e., Yaoundé 1969, 6.

[4] J. Zoa, Homélie pour Pâques (1979).

[5] J. Zoa, Homélie pour Noël (1988).

[6] J. Zoa, Homélie pour Pâques (1979).

[7] J. Zoa, Homélie pour Noël (1989).

[8] J. Zoa, Homélie pour Pâques (1982).

[9] J. Zoa, Homélie pour Noël (1989).

[10] Cf. J. Zoa, Homélie pour Noël (1971). Cf. también J. Zoa, Synode diocésain, en “Ensemble” n.° 67 (1980) 9-10.

[11] J. Zoa, Mot d’accueil adressé à Sa Sainteté le Pape Jean Paul II lors de la Messe à la base aérienne de Yaoundé (15 de septiembre de 1995).

[12] J. Zoa, Mot d’accueil adressé à Sa Sainteté le Pape Jean Paul II… Era un grito del corazón que salía frecuentemente de los labios de Mons. Zoa, lleno de todas las angustias y de todo el dolor de la historia, recordando que “es necesario que África viva y vuelva a vivir el acontecimiento de la trata negrera como una especie de cataclismo metafísico. Quiero comprender por qué el África Negra ha llegado a este punto. Este fenómeno es un real cataclismo que ha matado todo lo que se podía tener de dignidad y de potencialidad. La colonización ha llegado para hacerla hundir más aún. Es por eso por lo que invito al Africano a profundizar en la Revelación para buscar en ella la respuesta a sus problemas”, J. Zoa, Engagement du prêtre: interpellations de l’assemblée spéciale du Synode des Évêques pour l’Afrique, en “Rencontre. Bulletin d’information du Grand Séminaire de Nkolbisson, edición especial (abril de 1995) 7.

[13] J. Zoa, Mot d’accueil adressé à Sa Sainteté le Pape Jean Paul II...

[14] J. Zoa, Homélie pour Noël (1988).

[15] J. Zoa, Homélie (4 janvier 1987), en Archidiocèse de Yaoundé. Service diocésain de l’Apostolat des Laïcs, Coude à coude. Laïcs et prêtres auscultent leur Église. Compte-rendu des tournées jubilaires de son Excellence Mgr Jean Zoa, 26 novembre 1986 - 4 janvier 1987, Archidiocèse de Yaoundé, Yaoundé 1987, 110.

 

26/10/2015