Perfiles misioneros y espirituales



“A TIEMPO OPORTUNO E INOPORTUNO”/2

Los grandes temas de la predicación de Mons. Jean Zoa

 

 

Una pastoral de la inteligencia

El P. Jean Zoa

Para suscitar a laicos comprometidos, “evangélicamente auténticos e históricamente eficaces”, Mons. Zoa comprendió enseguida que era necesario indicar a todo el pueblo cristiano los caminos de una verdadera “pastoral de la inteligencia”, a través del ahondamiento en la fe y la lucha contra “el bubón de lo irracional”[1] del cual estaban afectados los fieles de su Diócesis.

El P. Jean Zoa, joven sacerdote, futuro sucesor de Mons. Graffin a partir de 1961, subrayaba esta tarea que se debía desarrollar a toda costa:

“Católicos de Camerún, nuestro país, en la parte sur, ha abrazado con gran entusiasmo la fe cristiana... Luego, el país ha progresado. Muchos problemas acucian actualmente su conciencia de neófito. Es deber de sus hijos intentar un esfuerzo de reflexión para encontrar soluciones cristianas a estos problemas, inspirándose en los principios evangélicos. Este esfuerzo se revela indispensable, si queremos salir del infantilismo espiritual y entrar en la madurez humana y cristiana, que Cristo y su religión quieren promover bajo todas las latitudes”[2].

El P. Zoa, en el primer número de la revista “Nova et Vetera” que fundó en 1960, seguía subrayando las dos deficiencias fundamentales de los cristianos de Camerún: la falta de madurez y de lucidez doctrinal en la adquisición de la verdad cristiana; la ignorancia y el descuido respecto a las leyes fundamentales de la eficacia del actuar humano[3].

Diez años después de su consagración como Arzobispo de Yaundé, Mons. Zoa recordaba las tareas que le habían parecido prioritarias, en el momento de asumir el encargo de Pastor de aquella Iglesia. Entre estas tareas señalaba:

“Ante todo, la formación de las personas que tenían que enfrentar las necesidades del tiempo: ‘Tenía la intención –decía– de otorgar una gran importancia a los reciclajes, a la renovación espiritual e intelectual de los miembros del clero, de los religiosos y de las religiosas, sobre todo diocesanos. Y esto tenía la siguiente finalidad: que este clero, que estos religiosos pudieran estar en condiciones de colaborar, de dialogar con el laicado, de continuar el esfuerzo ya empezado para que emergiera un laicado auténtico, responsable’”[4].

Es imposible citar las innumerables intervenciones de Mons. Zoa sobre la necesidad de estructurar una verdadera reflexión, y un ahondamiento en la fe en cada nivel. Es suficiente notar que el primer eje del Sínodo de la Arquidiócesis de Yaundé[5] fue el del ahondamiento en el conocimiento de Jesucristo y de su Iglesia, para enfrentar los nudos de tropiezo en la fe. Entre estos últimos, se señalaba sobre todo la ignorancia cada vez más generalizada de esta fe entre los simples fieles, pero también entre los Pastores:

“Este esfuerzo de educación, de ahondamiento y de interiorización de la Fe y de sus Exigencias, es indispensable en una Diócesis con el 85% de bautizados católicos, si esta quiere vivir en verdad el presente de la llamada de Jesús en su Iglesia así como las interpelaciones de su Mensaje”[6].

Este es un punto subrayado, una vez más, en las Orientaciones Pastorales de 1989-1990, en las cuales Mons. Zoa recuerda:

“nuestra prioridad pastoral absoluta: formarnos”[7].

Consciente del hecho de que la fe debe pasar de un nivel emocional y afectivo al de una toma de posición reflexionada respecto a Jesucristo y a su Evangelio, que debe empujar al creyente a establecer nuevas relaciones con el mundo, consigo mismo, con los demás y con Dios, Mons. Zoa hizo de esta necesidad, para la fe, de arraigarse en el “humus de la razón”[8] uno de sus caballos de batalla, uno de los temas fundamentales que él dirigía a tiempo oportuno e inoportuno a sus cristianos, y también y sobre todo a sus operadores apostólicos, para llegar a una fe adulta.

“A esta edad espiritual de nuestra comunidad diocesana, debemos ser aptos y capaces de dar las razones de la esperanza que llevamos dentro de nosotros”[9].

“Volver adultos en la fe” es el mensaje dirigido continuamente a los fieles. Para hacer esto, después de invitar a los fieles a renovar y a actualizar la fe en la Resurrección de Jesús, en la Pascua de 1987, agrega que

“este misterio central –criticado o rechazado por ciertas personas escépticas en la Iglesia de los orígenes, y que numerosas y virulentas sectas, así como sociedades secretas, se esfuerzan actualmente todavía, entre nosotros, por combatir, relativizar o desfigurar– tendría que constituir frecuentemente el objeto de nuestros estudios y de nuestras meditaciones”[10].

Es también el tema de la homilía de Navidad 1987, en la cual el Arzobispo de Yaundé se detenía en el significado del auténtico conocimiento evangélico. Este no tiene nada que ver, añadía, con las divagaciones clericales exorcistas, ni con los mvigi o los adivinos, y tampoco con

“aquellos supuestos ‘conocimientos iniciáticos’ recomendados por sociedades secretas, que pondrían al iniciado en posesión de capacidades y de poderes espirituales superiores a la razón (Rosa-Cruz)”[11].

Para el prelado de Yaundé, los cristianos tienen el deber absoluto de profundizar en su fe, de formarse en la fe, para resistir a las doctrinas impartidas por ciertos grupos, sectas, sociedades secretas que se aprovechan de la ignorancia de los fieles.

“Esta fe debe ser nutrida, profundizada y, si es necesario, defendida. Una fe anémica no puede resistir a las distracciones y a los ataques de las sectas; a los confusionismos de las sociedades secretas; a la búsqueda de lo maravilloso; al fideísmo que quiere descargar directamente sobre Dios toda responsabilidad humana; a las prácticas mágicas que aspiran a manipular y a domesticar la potencia de Dios; a los fáciles sincretismos; a los ritualismos esotéricos y venales (importados y locales); a los abusos de poder; a la sed de enriquecerse con cualquier medio”.

Él exhorta así a los fieles a no ceder al pánico:

“¡No tengan miedo de las sectas! ¡Tengan miedo, más bien, de su propia ignorancia religiosa! ¡Tengan miedo de su tibieza! ¡Tengan miedo de su indiferencia! ¡Tengan miedo de su individualismo en los barrios!”[12].

En su homilía de Navidad 1981, Mons. Zoa hacía una panorámica de la situación de la cual las sectas se aprovechaban:

“En nuestro país en general, y en particular en las grandes ciudades Douala y Yaundé, actualmente somos todos testigos de la invasión de las sectas venidas de fuera, y del pulular de las que nacen aquí entre nosotros… No tenemos que olvidar o desatender nuestro principal deber del discernimiento de los espíritus… El discernimiento nos pondrá en guardia, y al mismo tiempo nos preservará del sincretismo religioso, de la indiferencia, del fanatismo, de la superstición y del fetichismo, etc… El pulular de estas sectas y de estos ritos ¿no interpela, tal vez, a cristianos, a Pastores y a Iglesias? Nuestras prácticas pastorales ¿tienen en consideración esta necesidad de vida interior y comunitaria que la gente va a buscar en aquellos movimientos? La ignorancia religiosa, el ritualismo y el formalismo, la tibieza ¿no han, tal vez, ahogado en nosotros el verdadero deseo de Dios, la búsqueda de una auténtica unión con Él, el entusiasmo por promover una verdadera iniciación en la vida espiritual y en la contemplación, siguiendo los santos…? Nuestra cristiandad ha alcanzado un estadio de evolución que ya no permite a nuestra Iglesia prescindir de estos medios comprobados”[13].

Las soluciones que se han buscado a los varios problemas puestos no podían contentarse con construir una alternativa “católica”, al actuar de los actores “tradicionales” o de las sectas (existiría, entonces, una serie de actos y de prácticas que son los mismos, excepto la etiqueta que se pega a ellos y que varía según los grupos), sino que debían mirar más profundamente y actuar a nivel de las causas lejanas que producen tales necesidades, y que son teológicas, antropológicas y cosmológicas.

Tanto más que el ahondamiento en la fe, la búsqueda de la verdad requieren un trabajo cotidiano, lento y fatigoso. En efecto, la pretensión de llegar a una verdad, alcanzada a través de un conocimiento intuitivo “místico o sobrenatural” o por “iniciación”, significa simplemente el rechazo de la condición humana y de las leyes inscritas por el Creador en la creación misma.

Se debe también añadir, decía Mons. Zoa, que este discurso es “viejo” como el “gnosticismo” que Pablo y Juan han debido combatir vigorosamente. Una doctrina que, evacuando al mismo tiempo la fe y la razón que esta fe cristiana presupone, hacía del conocimiento cristiano una iluminación y una posesión misteriosa[14].

Un crecimiento evangélico

Este trabajo es como un crecimiento que la levadura produce en toda la masa, que transforma desde el interior y en profundidad al hombre, y permite asimilar y comprender la propia fe y las exigencias que esta conlleva para la vida del cristiano.

Es por su fe en el hombre, para salvaguardar la dignidad del hombre africano que se vuelve cristiano, por lo que Mons. Zoa siempre ha luchado contra toda tentativa de limar asperezas de los caracteres esenciales del cristianismo, en nombre de una pretendida autenticidad cultural, que habría transformado a los africanos solo en consumidores de ritos y de sacramentos.

Él repetía que si, en lugar de la búsqueda de un crecimiento evangélico auténtico a través de una larga y fatigosa fermentación, uno se amparaba en el socorro inmediato de la avidez de sacramentos y ritos, esto habría significado que se estaban tomando algunos atajos puramente humanos[15].

Según Mons. Zoa, efectivamente, era necesaria una conversión del hombre y de la cultura, que no se podía capear, sin que el Evangelio se volviera sal sin sabor.

Este fue el esfuerzo hecho durante todo el período del Sínodo diocesano. Existe la tentación, muy concreta en África, afirmaba Mons. Zoa, que los bautizados y la comunidad rechacen ciertos valores y exigencias del Evangelio con el pretexto de que son occidentales y, por lo tanto, esencialmente culturales y particulares:

“El peligro para nosotros, frente a ciertas dificultades, es el de ampararnos detrás del hecho de que han sido los “Blancos” quienes nos han anunciado la fe, y cada vez más se escuchan reflexiones como esta: ‘Esa exigencia deriva de las costumbres de los Blancos’. Y esto se escucha en particular con respecto a la poligamia y a la monogamia. Nosotros sabemos, en cambio, que las exigencias del Evangelio juzgan todas las escaleras de los valores de todas las culturas”[16].

Él alertaba a los responsables cristianos,

“sacerdotes católicos o pastores protestantes, quienes, faltando de humildad de corazón, se encargan de trastornar, falsear y desmovilizar las conciencias y a las comunidades cristianas, reduciendo a la categoría de simples tradiciones culturales y occidentales el ideal y las exigencias del Evangelio”[17].

Frente a este peligro, según Mons. Zoa, era necesario y urgente saber ubicar bien a Jesús, el Hijo de Dios, en la historia sagrada y en la historia de todos los pueblos[18]. Efectivamente, recordaba, el contencioso que tenemos es con Cristo y no con el Occidente[19].

Es por eso por lo que él reaccionaba con fuerza contra una idea de inculturación mal comprendida, en nombre de la cual se inventaban los más diferentes experimentos teológicos, litúrgicos y pastorales, que transformaban a los sacerdotes en “adivinos” y “curanderos charlatanes”, propagadores de una pastoral que pretendía poder escudriñar lo invisible, y que no hacía sino ahogar en la gente el sentido de la razón y de la responsabilidad.

Giuseppe Di Salvatore

(Continúa)


(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


________________________

[1] Traducimos así “el bubón de lo irracional” la expresión “l’enflure de l’irrationnel” usada por D. Etounga Manguelle, L’Afrique a-t-elle besoin d’un programme d’ajustement culturel?, Éditions Nouvelles du Sud, Ivry 1993, 60-74.

[2] J. Zoa, Pour un nationalisme chrétien, en “L'Effort camerounais” n102 (1957) 1.

[3] Cf. J. Zoa, Les Chrétiens et la Communauté Nationale, en “Nova et Vetera” n.° 1 (1960) 14.

[4] Monseigneur Zoa nous a dit... Propos recueillis par R. Onambele - P. Mvoe - J. Belinga, en “Ensemble” numéro spécial 10ème anniversaire du sacre de Mgr Zoa (janvier 1972) 28.

[5] El Sínodo de la Arquidiócesis de Yaundé fue abierto el 7 de diciembre de 1980 por Mons. Zoa, quien lo concluyó el 15 de agosto de 1991. Fue querido como una movilización y una reflexión del conjunto de las fuerzas vivas sobre cuatro ejes precisos: 1) Ahondamiento en el conocimiento de Jesucristo y de su Iglesia; 2) Anuncio de Jesucristo e impulso misionero; 3) Compromiso en las actividades de desarrollo del país en nombre de la fe; 4) Autonomía financiera y económica de las comunidades, que se hacen cargo de sí mismas.

[6] J. Zoa, La relance du Synode, en Archidiocèse de Yaoundé. Synode diocésain, Une Église africaine s'interroge, s.i.e., s.i.l. s.i.d., 29.

[7] Archidiocèse de Yaoundé, Orientations Pastorales. Pour un nouveau départ 1989-1990, s.i.e, Yaoundé s.i.d., 6. Cf. también J. Zoa, Homélie pour Pâques (1988).

[8] J. Zoa, Homélie pour la Toussaint (1990).

[9] J. Zoa, Homélie pour Pâques (1988). Cf. también Archidiocèse de Yaoundé. Synode diocésain, Une Église africaine s'interroge..., 10.

[10] J. Zoa, Homélie pour Pâques (1987).

[11] J. Zoa, Homélie pour Noël (1987).

[12] J. Zoa, Homélie pour Pâques (1988).

[13] J. Zoa, Homélie pour Noël (1981).

[14] Cf. J. Zoa, Homélie pour Noël (1987).

[15] Cf. las afirmaciones de Mons. Zoa citadas en M. Hebga, Émancipation d’Église sous tutelle. Essai sur l’ère post-missionnaire, Présence africaine, Paris 1976, 119-120.

[16] J. Zoa, Homélie pour Pâques (1980).

[17] J. Zoa, Homélie pour Pâques (1982).

[18] Cf. J. Zoa, La relance du Synode..., 29.

[19] Cf. J. Zoa, La Mission aujourd'hui. Recherches et expériences spirituelles. Intervention à Notre-Dame de Paris à l'occasion de la Journée Missionnaire Nationale, 19 octobre 1980, ronéotypé, 5. Cf. también J. Zoa, Homélie pour des ordinations presbytérales à Mfound’assi (2 juillet 1994).


29/10/2015