Perfiles misioneros y espirituales



“A TIEMPO OPORTUNO E INOPORTUNO”/7

Los grandes temas de la predicación de Mons. Jean Zoa

 

 

Un camino eclesial

En la historia difícil y atormentada de la Iglesia en Camerún, sobre todo en sus relaciones con el poder, las palabras y las tomas de posición del Arzobispo de Yaundé, contenidas sobre todo en sus homilías pronunciadas durante casi cuarenta años de episcopado, no han dejado indiferente a nadie, escapando en todos los casos de quien quería clasificarlo dentro de las más diversas etiquetas, de rebelde a cómplice u opositor.

“¡Hay de nosotros si nos dejamos anexar o intimidar!”,

había proclamado en la época del caso del “tren de la muerte”[1].

Empujado por la profunda pasión hacia este pueblo de pobres y de últimos, confiado a él por Dios, y hacia la Iglesia de Jesucristo, Mons. Zoa ha hecho sus elecciones, a menudo, en el sufrimiento y en la soledad, en la incomprensión de muchos, pero siempre con una gran fe, con la mirada orientada hacia el futuro, hacia los grandes horizontes, con un deseo constante de comprometerse de luchar por construir y hacer humano un mundo atravesado por conflictos y violencia.

La Iglesia en Camerún ha sido afectada por un sentimiento de desconcierto, que se leía en todos los rostros de los Obispos, de los sacerdotes y de los simples fieles, quienes no contenían las lágrimas, cuando el viernes, 20 de marzo de 1998, durante el entierro de Mons. Paul Etoga, primer Obispo autóctono del África negra francófona, Mons. Jean Zoa ha sido afectado por una crisis cardíaca, en la catedral de Yaundé. Transportado a la sacristía, murió en la ambulancia que lo transportaba al hospital.

Su entierro tuvo lugar el sábado, 28 de marzo, en la Catedral de Yaundé, presidido por el Nuncio Apostólico, S. E. Mons. Félix del Blanco Prieto, acompañado por los Obispos de la Conferencia Episcopal de Camerún, por otros prelados de Gabón y de la República Centroafricana, y por muchos centenares de sacerdotes. Muy numerosos religiosos, religiosas y fieles asistieron a esta ceremonia, a la que presenciaron también las autoridades del Estado, guiadas por el Presidente de la República.

Cantando y corriendo a lo largo de todo el camino, una muchedumbre compuesta particularmente de jóvenes acompañó, después de la Misa, los restos mortales de Mons. Zoa al cementerio de Mvolyé, donde ya descansan, según su voluntad, al lado del de Mons. Vogt, considerado como el “padre” de esta Diócesis de Yaundé.

Mons. Zoa ha fallecido en medio de su gente, en medio de aquellos hombres y mujeres que sabía que son preciosos a los ojos de Dios, porque habían costado la sangre de su Hijo.

Se ha desplomado en medio de su pueblo, en cuyo rostro él leía todavía el hambre y la sed de una palabra eterna, la aspiración y la angustia profunda que experimentaban.

“Vienen –decía a sus sacerdotes– con preguntas, tienen hambre, no los enviemos de vuelta hambrientos. No impidamos al pueblo de Dios que escuche su invitación”[2].

Superando las modas efímeras del tiempo, Mons. Jean Zoa ha tenido la feliz intuición de un verdadero camino eclesial para los cristianos de África, llamados a encontrar de nuevo las razones de la esperanza, aún en medio de la situación atormentada de su continente.

Sus posiciones encontrarán un eco particular en los trabajos del primer Sínodo extraordinario para África, y la herencia humana, pastoral y teológica que él deja constituye seguramente una riqueza auténtica, sea para la Iglesia en Camerún y en África, sea para la Iglesia universal: una riqueza que no debe ser perdida.

Giuseppe Di Salvatore

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)


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[1] El caso del “tren de la muerte” data del 1.° de febrero de 1962, cuando, durante el traslado por tren de presos políticos, de Duala a Yaundé, 25 de 52 de ellos murieron asfixiados en un vagón, y fueron enterrados precipitadamente en una fosa común sin ceremonia religiosa. La publicación de esta noticia y su comentario habían causado el embargo del diario católico L’Effort camerounais y la expulsión de su director, el P. Fertin. Mons. Zoa había celebrado, el 22 de febrero, en su Catedral, un oficio fúnebre al cual había invitado a todos los cristianos y que había provocado la extrema cólera del poder en funciones.

[2] J. Zoa, Homélie à la Cathédrale de Yaoundé (12 janvier 1997).


13/11/2015