Perfiles misioneros y espirituales
 



JULIO CÉSAR DUARTE ORTELLADO,

EL SACERDOTE DE LA EUCARISTÍA/3


 


Retorno al Paraguay

Después de varios años, Julio pudo volver al Paraguay. Por dificultades económicas, regresó a bordo de un barco de guerra, el cañonero "Humaitá", que, después de postergar varias veces la fecha de su salida, zarpó el 19 de febrero de 1931.

El barco, construido en Italia, era destinado con otra embarcación ‒"Paraguay"‒ a la organización militar que el país estaba preparando. 

La situación del Paraguay estaba inestable. La cuestión del Chaco movilizaba la opinión pública, factor preponderante en la anteguerra del Chaco[1].

El mismo Obispo Mons. Juan Sinforiano Bogarín escribía, en sus apuntes: "Amenazado seriamente el Paraguay por una guerra a que Bolivia le quiere arrastrar por una cuestión de límites en el Chaco, el Gobierno se vio en la necesidad de prepararse para la defensa de lo que es suyo (del Paraguay)"[2]. 

Acerca de la cuestión del Chaco, no hay que omitir que "una de las más importantes empresas petroleras de Estados Unidos tenía vastas explotaciones en el territorio boliviano aledaño al Chaco. Con el s ecreto apoyo del Departamento de Estado, estimuló a Bolivia en sus pretensiones, deseosa de ensanchar sus pertenencias con los hidrocarburos, que se creía existentes en gran escala en el Chaco, y para asegurar una propia salida comercial en el río Paraguay"[3]

La llegada de Julio César a Paraguay se coloca en tal panorama. Sobre este tema escribió a su padre: "¡La guerra he dicho y la guerra vuelvo a decir con pena infinita en el alma y temblor en las manos no, la guerra no volverá! ¡Mi pobre Paraguay ha sufrido tanto! ... No necesitamos ya correr al campo de batalla para recoger victorias y laureles para la patria"[4]

El sacerdote de la Eucaristía

Como sacerdote, desempeñó varios cargos en Asunción, en Caazapá, en Villarrica; en la Guerra del Chaco estuvo como capellán. 

Fue cura párroco por doce años en la amplia zona de Ybycuí, Quyquyhó y Mbuyapey. En sus tareas, a veces agotadoras, nunca desmintió su carácter apacible y su temperamento místico[5]. Sus obras fueron el resultado de la fe y de la piedad personal firmes, sólidas, que se percibían en su persona. 

Nunca dejaba de lado sus oraciones cotidianas, sus largas meditaciones, sus diarias visitas al Santísimo Sacramento. "Frecuentemente se lo veía también postrado ante el Sagrario, en actitud de oración, orando con extraordinario fervor y gran fijeza de la mente"[6]

El P. Julio había cultivado desde niño y mantenido una tierna devoción a la Santa Eucaristía, que aumentó con los años y llegó a ser como una obsesión divina de su mente.

Estaba convencido de que, en una parroquia, no existía una vivencia cristiana ni un medio más eficaz que la devoción al Santísimo Sacramento; inculcaba en sus fieles el culto eucarístico. El Sagrario, en los años de trabajo agobiante, se volvía el centro de su amor, el foco de luz para su espíritu y la fuente perenne de donde recibía la fuerza necesaria para sus actividades.

Un testigo de su vida escribió: "Su recuerdo queda grabado en todos los Sagrarios que aprisionan a Jesús-Hostia, por quien y para quien vivió una vida de continua ascensión, haciendo de su existencia terrena un cielo anticipado"[7]. Otro agregó: "Puede decirse que el Padre Julio es el santo de la Eucaristía y del Evangelio. ... Analizando todas sus obras, el fin que perseguía en ellas era santificar a las personas por medio del conocimiento del centro del amor, que es Jesús Eucarístico. Parecía que el Padre Julio no podía resistir a la soledad de Jesús en el Sagrario; todo el tiempo libre del que disponía, lo pasaba en el templo en compañía de Jesús, quien le daba tanta luz para reconocer mejor lo que Él deseaba"[8].

Su muerte

En los últimos días de la vida del P. Julio, se hace más frecuente su diálogo con Jesús. Muchos testigos afirman que él mismo presentía próxima su muerte. Buscó la soledad para estar cara a cara con Jesús; se impuso un prolongado silencio, convirtiendo su casa en un pequeño claustro.

Contrajo el tifus en la visita que hizo a un soldado enfermo. Murió el 4 de julio de 1943. Tenía 37 años.

La vida de adoración y de amor por la Eucaristía del P. Julio César Duarte Ortellado nos interpela y nos interroga: "¿Adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios solo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a Él también para adorarlo? Pero, entonces, ¿qué quiere decir adorar a Dios? Significa aprender a estar con Él, a pararse a dialogar con Él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas. Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o menos importantes. Adorar al Señor quiere decir darle a Él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer pero no simplemente de palabra que únicamente Él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante Él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia"[9].

  Maria Laura Rossi

 

 


[1] Cf. E. Cardozo, Breve historia del Paraguay...,147.

[2] J.S. Bogarín, Mis apuntes, Editorial Histórica, Asunción 1986, 125.

[3] Cf. E. Cardozo, Breve historia del Paraguay..., 148.

[4] C.A. Heyn, Presbítero Julio César Duarte Ortellado. 1906-1943..., 31.

[5] Cf. C.A. Heyn-J.L. Mercado, Presbítero Julio César..., 103.

[6] C.A. Heyn-J.L. Mercado, Presbítero Julio César..., 104.

[7] C.A. Heyn-J.L. Mercado, Presbítero Julio César..., 105.

[8] C.A. Heyn-J.L. Mercado, Presbítero Julio César..., 105-106.

[9] Papa Francisco, Homilía en la Basílica de San Pablo Extramuros (14 de abril de 2013).



20/03/2016