Noticias desde el Paraguay

 

 

   

Para un Paraguay mejor

 

 

 

En el informe del 2015 sobre la competitividad global elaborado por el Foro Económico Mundial, el Paraguay ocupa el último lugar entre 140 países de todas las regiones, en lo que hace a la calidad del sistema educativo. El dato nada tiene de sorprendente, ya que el desastroso estado de nuestra educación es de sobra conocido. Conviene recordarlo, empero, sobre todo en este Día del Maestro, en el que se le volverán a rendir los estériles homenajes de siempre, plagados de hipocresía.

Están en juego el futuro de las nuevas generaciones y hasta la viabilidad del país, en un mundo en el que el conocimiento juega un rol cada vez más relevante. Saldremos del atraso solo si el Estado y la sociedad civil se empeñan en derrotar la ignorancia. Claro que hay que combatir la corrupción y renegociar el Tratado de Itaipú, entre otras tantas cuestiones perentorias, pero todo el dinero que se precautele o que se obtenga con justicia servirá de poco, mientras el país no ponga la educación en el centro de sus afanes. Sin duda, el latrocinio desvía recursos que deberían destinarse a revertir la catástrofe educativa, pero ocurre que esta obedece no solo a la escasez de recursos materiales. El problema de fondo es que, de hecho, la educación no figura en nuestra lista de prioridades.

Los convencionales constituyentes de 1992 ordenaron que los fondos, destinados a la educación en el presupuesto nacional, no sean inferiores al 20% del total asignado a la administración central, excluidos los préstamos y las donaciones, y que la organización del sistema educativo sea una "responsabilidad esencial del Estado, con la participación de las comunidades educativas". Es evidente que estas atinadas disposiciones no han servido de mucho, y no solo porque parte de los recursos se destina al personal ministerial superfluo, se derrocha o se roba: si las autoridades no le dan a la educación la importancia que se merece, también quizá sea porque la buena formación poco tuvo que ver con su elección o nombramiento.

Por otra parte, muchos docentes no descuellan por enseñar con fervor y, a la vez, capacitarse, sino más bien por recurrir a huelgas rutinarias para exigir mejoras salariales. "Veo una falta de interés para con el niño en varios docentes, que no toman en serio la profesión, quizás por falta de motivación o de capacitación", señaló la profesora Diana Cambra, de una escuela capitalina. Es probable que haya quienes estén desmotivados porque solo cobran el salario mínimo, pero también habrá quienes simplemente carecen de vocación para el magisterio. En todo caso, el maestro indolente poco tiene que aportar a la comunidad y, en consecuencia, no puede pretender de ella el reconocimiento que merece quien se entrega plenamente a una tarea tan digna como la suya.

En cuanto a la capacitación didáctica o, mejor dicho, a la falta de ella, los resultados de los exámenes de evaluación para nombrar a algún supervisor son lamentables. Peor aún, los examinandos hasta suelen reclamar que se reduzca el puntaje mínimo requerido para acceder al cargo, en vez de tomar conciencia de su ineptitud y de exigir al Ministerio de Educación y Cultura (MEC) que se dedique con mayor ahínco a capacitarlos. Es obvio que los malos maestros no pueden obtener buenos estudiantes, pero los sindicatos del sector educativo tampoco han organizado hasta hoy alguna huelga para demandar que sus miembros sepan emplear, por ejemplo, los métodos pedagógicos acordes con el acelerado avance en el campo de la informática. Es bueno que ahora el MEC esté trabajando "fuertemente" en la capacitación de los maestros, y que se proponga premiar a quienes se perfeccionan en forma constante. Es de esperar que el esfuerzo no decaiga y que se aliente el deseo de los docentes de aprender, tanto en su propio beneficio como, por supuesto, en el de los alumnos.

El drama de la deficiente formación pedagógica afecta, sobre todo, a los cerca de 70.000 docentes de la educación pública impartida a niños y jóvenes de familias de bajos ingresos. Como los que asisten a escuelas y colegios privados cuentan con maestros y profesores mejor preparados, se acentúa la desigualdad de oportunidades, y se condena a los menos favorecidos a la indignante perpetuación de su desventaja inicial. La educación pública incide en la equidad social, de modo que resulta imprescindible mejorarla notablemente para impedir que las diferencias se mantengan o, peor, se acentúen.

Por otro lado, una muestra del escaso interés de los docentes también se reveló en la tibia y tardía reacción de sus organizaciones gremiales, ante la enorme corrupción que ha venido acompañando el empleo de los recursos del Fonacide, previstos para la construcción y el equipamiento de los centros educativos: en su gran mayoría, los maestros y profesores mantuvieron un silencio indiferente, como si no se hubiesen enterado de nada. Mucho menos apelaron a alguna medida de fuerza para exigir que los fondos sean utilizados con honestidad.

Si a tantos intendentes y gobernadores no les interesó la educación, los miembros de la comunidad educativa tendrían que haber levantado oportunamente la voz. Conviene que los padres y los alumnos, que también forman parte de ella, intervengan en todo cuanto atañe a la enseñanza, reclamando, entre otras cosas, que sea brindada en instalaciones apropiadas. Hay signos alentadores de que los jóvenes están notando que la situación es angustiosa: estudiantes secundarios han salido a las calles de Asunción para protestar contra el pésimo sistema educativo. Esto implica que es posible poner la educación en el centro de nuestras inquietudes o, en palabras de Víctor Varela, extitular de la asociación Juntos por la Educación, convertirla en una "obsesión". En su acertada opinión, un gran compromiso del Gobierno, de la sociedad civil, del empresariado y, sobre todo, de los maestros, permitirá cambiar la alarmante realidad en materia educativa.

La campaña en pro de la educación pública debe ser constante, pues los obstáculos que vencer son múltiples y están muy arraigados. Esta debe ser protagonizada, en primer lugar, por el docente motivado y capacitado, de vital importancia en la creación del capital humano que se requiere para salir de la pobreza. Debemos bregar por una transmisión de conocimientos que esté a la altura de los tiempos, y en manos de maestros que se ganen la estima social, entendiendo que su dignificación no depende solo del salario, sino también de su completa entrega a la magnífica misión de formar a los paraguayos de hoy, para tener mañana un país mejor.

   

© ABC Color. Editorial - 30 de abril de 2016
    Fotos a cargo de la redacción de www.missionerh.it

 

 

 

02/05/2016