Noticias desde el Paraguay

 

 

 

¿La iglesia apoya la TOMA de los colegios?/2
La pregunta de una estudiante a un sacerdote

  

 

Libres de decidir y de pagar el precio de las propias decisiones

Sería fácil, especialmente para un sacerdote extranjero, pronunciar un discurso, organizar una protesta, llevar al matadero, empujar a la toma de escuelas, fábricas, tierras, y luego... es necesario conocer la historia, que puede enseñar a no repetir errores ya hechos.

Cuando llega la represión, cuando llega la policía, el ejército, son los estudiantes, los jóvenes, los obreros, los campesinos, los pobres quienes van a la cárcel o pagan un duro precio. En cambio, quien ha maniobrado, quien está detrás, quien ha empujado, se vuelve héroe y, a lo mejor, a través de la Embajada regresa a su país, también con un vuelo en primera clase.

Es necesario ser honestos cuando se hacen los discursos, y sería una manipulación usar a los jóvenes para obtener algún poder o notoriedad.

Sin ir demasiado lejos, para permanecer en el contexto del Paraguay –añadía Emilio– basta recordar lo que pasó con el "marzo paraguayo". El magnicidio del Vicepresidente de la República, Luis Argaña, provocó una serie de manifestaciones, donde la manipulación del generoso impulso de los jóvenes, bajados a la calle para luchar por la democracia, desembocó en una matanza: siete de ellos fueron muertos en la plaza por francotiradores. Frente a la gravedad de la crisis, el Presidente de la República, Raúl Cubas Grau, tuvo que presentar la renuncia. Luis González Macchi, el entonces Presidente del Congreso, por norma constitucional, le sucedió en la guía del país.

Pero ¿qué ha cambiado? Fue la que se definió una "victoria pírrica", porque el precio pagado fue demasiado alto también para el aparente vencedor, y ciertamente no mejoró la situación democrática del país.

En el Paraguay, además, como un poco en toda América Latina, por causas históricas antiguas continúa subsistiendo la mentalidad del caudillo: uno o algunos tienen el poder y determinan el actuar de muchos que los siguen. 

Con mayor razón, cuando se habla de instrucción, es necesaria una escuela que haga estudiar, que prepare bien, que desarrolle la inteligencia crítica, que forme personas libres que no se hagan condicionar por nadie.

La toma es un acto político, una política hecha por los jóvenes. Nadie tiene que entrar en ella para manipularla y manejarla, tampoco la Iglesia, menos aún quienes tienen otros intereses, que no son aquellos de los estudiantes.

Los estudiantes deben y pueden ver en su conciencia cuál es la cosa mejor que hacer: tomar un colegio o no, hacer una huelga o no, sabiendo que siempre hay un precio que pagar.

La parroquia, en cuanto Iglesia, no apoya ni desaprueba la toma. La Iglesia nunca debe entrar en estas decisiones –ratificaba Emilio a la joven estudiante que le había hecho la pregunta–: si lo hace, se equivoca.

Escribía Benedicto XVI que la Iglesia "no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar"[1].

A la Iglesia le interesa profundamente apoyar la lucha por la justicia, por la paz, por el bienestar social de todos, por una escuela que funcione, a fin de que los jóvenes tengan un futuro, pero, si el futuro se realiza con uno o con otro Ministro, no es la Iglesia la que puede o debe decidirlo.

El Papa Francisco, en su viaje al Paraguay, ha recordado a los jóvenes que deben hacer lío, pero ha agregado también que deben ayudar a organizar el lío que se hace. ¿Cuál es el programa constructivo que se propone después del lío?

¿Se toman hoy las escuelas para poder luego estudiar más, para tener una escuela más exigente? De otra manera, ¿por qué hacer lío?, ¿por qué tomar? Solo para perder otro tiempo, no hacer nada, tener algunos días más de vacaciones, y continuar saliendo de la escuela cada vez más mal preparados e incompetentes.

Recordaba Emilio que, cuando era joven, había participado en tantas manifestaciones: al fin y al cabo, no se estudia, no hay clase, son días de vacaciones, se hace algo diferente, uno se vuelve también héroe, mientras que otros lo manipulan. Pero, al fin, ¿quién paga el precio?

Ser exigente consigo mismos

Los estudiantes tienen que ser también conscientes de que no se puede ni pretender que el Estado lo haga todo, y que los jóvenes solamente exijan. Es necesario que también los estudiantes sean exigentes consigo mismos.

Cada año, por ejemplo, en numerosas ciudades del país se organiza un desfile para recordar la fundación de la ciudad. Participan en él todas las escuelas, de cada orden y grado, todos los estudiantes están allá para desfilar. Nadie pregunta: ¿A qué sirve el desfile? ¿Cuánto se gasta para prepararlo? ¿Cuánto cuesta a cada familia? ¿Cuánto tiempo se sustrae al estudio? ¿Cuántas horas de clase se pierden a causa de los ensayos del desfile por varios días?

El verdadero amor a la ciudad y a la patria es construir un Paraguay donde, cuando uno se diploma, consiga un trabajo, puesto que faltan fuentes de trabajo para todos, nadie se encuentre explotado y mal pagado; donde no se tenga que trabajar diez–doce horas al día, frecuentemente también el domingo, sin ningún seguro social; donde se pueda ir por caminos que no estén llenos de baches; donde haya una red de alcantarillado que impida la inundación de calles y barrios cada vez que llueve. Se gastan millones para construir centros deportivos, que luego permanecen allí abandonados, pero, por ejemplo, no se realiza un Centro de salud para la prevención de los tumores, y la gente muere de cáncer.

Estos son los problemas auténticos. Al final, sin embargo, se gasta tiempo y dinero para el desfile, se hace fiesta, pero no se construye el país.

Para actuar –ratificaba Emilio es necesario conocer, razonar, estudiar, estar convencidos de que una cancha no sirve para la vida, mientras que una escuela que funciona sirve, así como sirve un Centro sanitario, tener fuentes de trabajo que permitan vivir dignamente del propio trabajo, sirven aire y agua que no estén contaminados.

Una ciudad se debe construir con dimensión humana, y los jóvenes, en este ámbito, tendrían que organizar de veras un movimiento fuerte, que se comprometa, convencido de las propias posiciones, capaz no solo de protestar, reivindicar y exigir de los demás.

Es demasiado fácil decir "yo quiero", es fácil hacer una manifestación: pero, los jóvenes, los estudiantes, ¿cuál precio están dispuestos a pagar para obtener el resultado?

Esto es razonar, reflexionar, iluminar la inteligencia, y no significa que no se deba manifestar, tomar. Un joven que lucha, que participa, que se arroja a la batalla siempre es digno de admiración, pero tiene que saber si la acción es suya o si se encuentra al servicio de un caudillo cualquiera, que lo maniobra.

Si los estudiantes no están convencidos, si no existe la preparación y la conciencia de los propios actos; si no se han movido por motivaciones suyas, maduradas, reflexionadas; si es solo su caudillo quien toma las decisiones, entonces no solo no obtendrán nada, sino que pasarán de una dependencia a otra, volviéndose, tal vez, títeres en las manos de quien, más allá de la manifestación estudiantil, está conduciendo su lucha política para obtener el poder.

Los estudiantes deben abrir los ojos de la inteligencia y del corazón e impedir que nadie los engañe, ni siquiera el sacerdote, el pa'i, el Obispo, la Iglesia: tienen que tomar sus decisiones y saber tener en sus manos el movimiento.

Por eso, el consejo que Emilio continúa dando siempre a los jóvenes es el de conocer, hacerse preguntas, interrogarse, estudiar la historia, sin mecerse en el mito de los héroes, y recordando que siempre son los más débiles quienes pagan el precio más alto. Y los más débiles, en la sociedad, son las mujeres, los jóvenes y los pobres.

La Iglesia, en tal sentido, siempre estará al lado de quien luche por la paz, la justicia, la libertad, pero, sin olvidar nunca que la primera batalla que se debe hacer es dentro del propio corazón. La primera fuente del mal se debe destruir dentro de sí mismos, de otra manera, se puede también ganar una batalla, pero se sustituye solo a un explotador por otro, a una sanguijuela por otra, no se obtiene nada y nada cambia.

Dios ha dado a cada uno el don de la libertad: no dejarse manipular por nadie y no permitir que nadie robe la propia libertad es la primera lucha que los jóvenes deben emprender, con el esfuerzo, el estudio, preparándose, sacrificándose, despertando la propia conciencia para saber tomar decisiones libres y personales.

(A cargo de Emanuela Furlanetto)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 





[1] Benedicto XVI, Deus caritas est, 28/a.



 

22/05/2016