Perfiles misioneros y espirituales

 

 

UN CRISTIANO INCÓMODO

Isidoro Bakanja, mártir congolés

 

 

 

 Isidoro Bakanja fue un joven mártir del Congo Belga, hoy República Democrática del Congo, que supo afirmar con coraje su dignidad y libertad: un ejemplo eminente de una fe inculturada. Él fue proclamado mártir y beato, en 1994, por Juan Pablo II, quien lo definió como un "grano de trigo, muerto para producir fruto abundante en la comunidad eclesial y en su pueblo".
El artículo que presentamos ha aparecido en "Missione Redemptor hominis" n.° 42 (1996) 8.
 

 


"Era una tarde. Los blancos –cuenta Iseboya– habían terminado de comer, cuando Van Cauter me dijo: 'Toma tu fusil y va a matar a Bakanja, aquel animal de los Mon Père (misioneros)'".

Estamos en los comienzos de febrero de 1909, en la granja de Ikili, en el Noroeste del Congo Belga. Isidoro Bakanja, joven catequista de veinte–veinticinco años, trabaja para Van Cauter, un funcionario de la Sociedad Anónima Belga, que explota los recursos naturales de aquellas tierras, en particular, el caucho y el marfil.

Iseboya, centinela de Van Cauter, una vez encontrado a Isidoro, le dice que debe presentarse al blanco. 

"Blanco, ¿por qué me has llamado?".

Van Cauter responde enfurecido: "¡Cállate! Estoy harto de tus intrigas. Si sigues así, todos escucharán tus mentiras, pedirán el bautismo y entonces ya nadie querrá trabajar... Échate al suelo para la chicotte". 

Algunos días antes, Isidoro ya había sufrido veinticinco golpes de chicotte, el látigo, por no haber querido quitarse el escapulario de la Virgen del Carmen, que había recibido el día de su bautismo.

Isidoro se defiende: "¿Por qué, blanco? No te he robado nada... nunca he tocado a tu mujer... ¿por qué quieres azotarme?".

Van Cauter arranca, entonces, el escapulario del cuello de Isidoro, lo echa al perro que lo reduce a jirones. Luego lo hace fustigar. Gritando manda que lo golpeen más fuerte. Isidoro recibe entre los 150 y los 250 golpes. Los clavos retorcidos, con los cuales ha sido reparado el látigo, desgarran las carnes arrancando pedazos de piel. La sangre fluye de todas partes. 

Las consecuencias de esta flagelación son trágicas. Isidoro ya no puede estar de pie. Los cuidados de sus amigos no logran detener la infección, que se vuelve cada vez más grave. El 15 de agosto Isidoro muere a causa de las heridas sufridas.

La memoria de un pueblo

La encuesta para la causa de beatificación, encaminada a solo cuatro años de su  muerte, que reunía los testimonios de veinticuatro personas, fue interrumpida enseguida por consecuencia de circunstancias históricas que vale la pena recordar. El gran público belga se había enterado del conflicto entre misioneros y agentes de la Sociedad Anónima Belga, en su mayoría masones y anticlericales. Había nacido, así, una cuestión de relevancia nacional. Las autoridades religiosas y civiles se preocuparon por encontrar un acuerdo. El Gobierno belga se comprometió a proteger a los misioneros y a sostener su obra, poniendo como condición el silencio sobre los hechos del pasado.

También a nivel de Ikili, la alternación del personal, con la llegada de nuevos misioneros que no conocían a Isidoro, contribuyó a hacer olvidar completamente el acontecimiento. Este se ha vuelto de nuevo patrimonio de la Iglesia universal gracias a los catequistas y a los cristianos del lugar, quienes, incesantemente han mantenido viva la memoria de aquel hecho. Fueron los mismos catequistas los que pidieron expresamente, en 1976, que se retomara la causa de beatificación de Isidoro.

Catequista misionero

Todos los testigos interrogados sobre su muerte hablan de santidad vivida, de su celo apostólico de catequista. Él fue el primer cristiano que llegó a aquella región para  anunciar allá el Evangelio.

"Como bautizado, llamado a difundir la Buena Noticia, has sabido compartir tu fe y has testimoniado a Cristo con tanta convicción que, a tus compañeros, has aparecido como uno de aquellos valiosos fieles laicos que son los catequistas", ha afirmado Juan Pablo II, el 24 de abril de 1994, al proclamar a Isidoro mártir y beato, durante la Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos. De este modo, el Papa ha querido exaltar la figura de los catequistas de las tierras de misión, cuya función ha sido determinante en la fundación y en la expansión de la Iglesia en África. 

Como ha destacado la Encíclica Redemptoris missio, "los catequistas son agentes especializados, testigos directos, evangelizadores insustituibles, que representan la fuerza básica de las comunidades cristianas, especialmente en las Iglesias jóvenes" (n.° 73).

Al principio de la evangelización, el catequista fue un intérprete, un intermediario y representante del misionero, encargado de todas las actividades apostólicas que no exigieran la presencia del sacerdote. A partir del Vaticano II, su función ha sido vista cada vez más claramente como un ministerio particular en la Iglesia, y ya no como una simple suplencia del misionero.

Una fe que contagia

Lo que emerge de manera clara en la vicisitud de Isidoro, poniéndose como aspecto  determinante para la evangelización, es que la fe se transmite, ante todo, por "contagio" vital de persona a persona, como la levadura que actúa sobre la masa.

Todos los obreros con los cuales Isidoro trabajaba conocieron la religión cristiana por su intermedio. Para ellos, ser cristiano se volvió sinónimo de persona honesta, abierta y respetuosa con todos, que cumplía bien el propio trabajo, que, sin embargo, sabía también defender las propias convicciones y reclamar sus derechos. El mensaje cristiano tenía el rostro de Isidoro, era un mensaje que hacía libres, conscientes de la propia dignidad y del valor de la propia persona. 

Además, la oración y la elección celibataria de Isidoro daban a su testimonio aquel sentido de misterio, que suscitaba la curiosidad y el deseo de conocer la fuente, que daba la fuerza a aquel obrero como ellos de conducir aquella vida, por la cual nutrían admiración.

Por eso, al final, fue la misma vida de Isidoro la que se volvió subversiva y peligrosa a los ojos de Van Cauter.

"La causa principal –afirmó Stronck, que sustituyó a Van Cauter en Ikili–, la sola verdadera causa por la cual Van Cauter hizo azotar a Bakanja es porque era cristiano y enseñaba la religión y la oración a los demás, disminuyendo el prestigio del blanco".

Por su parte, según un testigo, Isidoro conocía las verdaderas razones de aquel encarnizamiento: "Nunca he robado nada. Jamás me he acercado a sus amantes y concubinas. ¡El blanco me ha hecho azotar sin motivo! Amigo mío, yo no miento, soy cristiano, no engaño a nadie. He aquí la pura verdad. El blanco me ha fustigado porque soy cristiano".

La transparencia de los valores evangélicos en la vida de Isidoro ha sido recordada también por Juan Pablo II en el día de la beatificación: "Tú has practicado la caridad fraternal hacia todos, sin distinción de raza o de condición social: te has ganado la estima y el respeto de tus compañeros, muchos de los cuales no eran cristianos".

El testimonio de este joven obrero indica, así, el camino de la inculturación del mensaje evangélico a toda la Iglesia, hoy comprometida más que nunca en esta tarea prioritaria de su misión. Isidoro ha transmitido el núcleo esencial de la fe en lo profundo de las problemáticas histórico
–culturales de su tiempo, poniendo en crisis todo un sistema estructurado de opresión de los más débiles.

Caucho rojo

El caso de Isidoro se arraiga, en efecto, en el contexto histórico del comienzo de la evangelización de aquellas tierras, y es emblemático de las dramáticas vicisitudes  ligadas a la explotación intensiva de la población congolesa, en aquella circunstancia histórica. Algunas publicaciones de la época hablan de "caucho rojo" y de una "nueva esclavitud", de sistemas de explotación intensiva de la población, que estaba pagada con salarios irrisorios y explotada hasta el agotamiento físico y moral.

La historia de la evangelización, también de esta parte de África, está estrechamente ligada a la triste página de vejaciones, violencias, masacres de poblaciones pobres e inermes.

Bakanja no es solo una figura que emerge entre las tantas víctimas de las que nunca se conocerá el nombre. Su martirio adquiere un significado redentor. Con su sacrificio, por así decir, ha asumido en sí todos aquellos sufrimientos, uniéndolos en su persona al sacrificio del Cristo mismo, de modo tal que aquella página de sangre y de sufrimientos de todo un pueblo ya se ha vuelto parte integrante de la historia de la evangelización de estas tierras.

Achille Romani

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)






21/06/2016