Noticias desde el Paraguay

 

 

 

PADRINOS DE BAUTISMO:

UNA URGENCIA PASTORAL EN EL PARAGUAY/1

 

 


Visitando a las familias de los barrios más pobres de nuestra parroquia de Ypacaraí, ocurre frecuentemente que, cuando el discurso versa sobre los hijos, se llega a saber que no han sido bautizados todavía. Ya no extraña más la explicación que se da casi invariablemente: "No logramos encontrar a los padrinos".

Ciertamente no falta la voluntad de bautizarlos y menos aún la fe: son los padres quienes han pedido la visita del sacerdote para rezar juntos. No, el único obstáculo que retrasa el bautismo de manera embarazoso, haciéndolo posponer inclusive hasta los docecatorce años es la dificultad de encontrar a un padrino. 

Son diversas las razones de esta dificultad. Ante todo, son pocas las personas que se encuentran en condiciones de ser elegidas como padrinos, porque las normas eclesiales establecen, al respecto, requisitos a los cuáles solo algunas corresponden. En el Paraguay, solo una minoría está casada por la Iglesia y los más pobres casi nunca, lo cual los excluye de la posibilidad de ser padrinos. 

Además, si los padres del niño no están casados por la Iglesia, tienen una dificultad suplementaria, y de peso, para encontrar a un padrino: una norma de la Conferencia Episcopal Paraguaya, introducida en los años noventa, y restrictiva con respecto a lo previsto por el Código de Derecho Canónico, en efecto, establece que, en su caso, el niño debe tener como padrinos a una pareja casada. La motivación de esta medida era la suposición de que los padrinos habrían representado, para el niño, aquel ejemplo de familia cristiana que no encontraba, en cambio, en sus padres. Se tenía en cuenta también la intención de favorecer, de este modo, una toma de conciencia de la importancia del matrimonio. 

Se debe notar que, legislando de manera restrictiva sobre los sacramentos cuestión particularmente delicada, los Obispos del Paraguay privaban a una parte de los fieles de un derecho que el derecho canónico les reconoce expresamente: un soltero, en efecto, ya no podía ser padrino de un niño nacido de una pareja no casada por la Iglesia, a pesar de que el Código no prevea esta limitación.

El resultado de esta norma es que el número de los padrinos potenciales es muy exiguo: pocas personas casadas por la Iglesia frente a una masa de niños nacidos de parejas convivientes, y de aquella figura característica de la sociedad paraguaya que es la madre soltera. Un desequilibrio enorme, pues, que hace de manera que los pocos candidatos que tienen los requisitos para poder desarrollar la función de padrino o madrina llegan a un punto de saturación, en el cual ya no están dispuestos a aceptar a otros ahijados, también por las obligaciones económicas que esto implica, y que se volverán tanto más onerosas cuanto más pobre sea el ahijado.

Es urgente, pues, encontrar una solución, porque es inaceptable que el bautismo se retrase en años, a veces hasta la edad adulta, solo porque los padres no han encontrado a los padrinos.

Por otra parte, no se exige el padrino para la esencia del sacramento. El mismo Código de Derecho Canónico afirma: "En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino" (can. 872).

Es necesario, pues, preguntarse: ¿Cuál es la función del padrino y cuáles son las estratificaciones históricas y los significados sociológicos de los cuales se ha cubierto?

Los padrinos en la historia

La presencia en el bautismo de una figura que presenta al candidato, y se compromete a seguir su crecimiento espiritual, está atestiguada desde la más antigua tradición de la Iglesia. No se puede encontrar confirmaciones de esto en el Nuevo Testamento, y, por otra parte, resulta difícil suponer que tuvieran un padrino las tres mil personas que, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, fueron bautizadas el día de Pentecostés. 

Se encuentra, sin embargo, una alusión a quien acompaña al bautizando ya en el siglo II en san Justino, considerado el primer filósofo cristiano. En la Traditio apostólica, de finales del mismo siglo, está ya presente una descripción del papel de esta figura, como también en Tertuliano, quien, en el siglo sucesivo, insiste en la importancia de su función, que no puede ser tomada a la ligera. En los siglos siguientes, luego, se multiplican las referencias. 

Los términos que designan esta figura varían: sponsor ("garante"), susceptor ("sostenedor"), fidei jussor ("fiador"), pater spiritualis.

Casi todos los casos se refieren al bautismo de adultos, en el cual, evidentemente, la función del padrino era diferente a la del bautismo de niños. Respecto a los adultos, en el tiempo de las persecuciones, se trataba de garantizar que el candidato no habría renegado de la fe y no habría puesto en peligro a la comunidad; más tarde, en el tiempo de las conversiones en masa y de la transformación del cristianismo en religión de Estado, se trataba de certificar que el bautismo estaba motivado por sentimientos sinceros, y no por oportunidad de carrera o por el deseo de complacer al cónyuge o a un pariente. Además, después del bautismo, el padrino tenía que reforzar a su protegido con la palabra y con el ejemplo.

Sabemos, sin embargo, que también en el caso del bautismo de los niños estaba prevista una figura análoga, que, en el curso de la celebración, respondía en nombre del niño. 

La presencia de esta figura al lado del niño es la expresión de una convicción profunda de la Iglesia: la necesidad de distinguir el nacimiento según la carne del nacimiento según el espíritu, la responsabilidad natural de los padres de la responsabilidad sobrenatural de los padrinos, que actúan en nombre de la Iglesia. A través del padrino, es la Iglesia la que se encarga de acompañar la fe y la conversión del niño, después del bautismo. El apego a la figura de los padrinos se explica, así, con el deseo de no hacer coincidir a quien ha engendrado a la vida terrena con quien engendra a la vida eterna.

Una consecuencia es que, desde el siglo IX, los padres se quedan como ocultados en la liturgia bautismal: son exclusivamente los padrinos quienes actúan y responden en nombre de los niños. 

Resultaba afirmada, así, la noción de "renacimiento espiritual" que, análogamente al "nacimiento natural", implicaba un sistema de parentelas fundamentado en los principios de paternitas, compaternitas y fraternitas spiritualis. La paternidad espiritual no podía ser menos real y efectiva que la carnal. De aquí el surgir de impedimentos matrimoniales que se irán reforzando y multiplicando. No solo el padrino o la madrina no se podrán casar con su ahijado o ahijada, sino que también los respectivos familiares, hasta determinados grados de parentesco, se quedarán implicados en los mismos impedimentos. El hijo del padrino será, para la ahijada, un hermano; el hermano del padrino, un tío, etcétera, con las relativas prohibiciones de contraer matrimonio.

Varios antropólogos e historiadores han notado que precisamente los impedimentos ligados a la institución del padrinazgo han secundado la puesta en acto de una exogamia más exigente aún, con la cual se ha establecido relaciones cada vez más amplias, que han favorecido el gran dinamismo demográfico constatado entre los siglos XI y XIII. 

El padrinazgo se volvió, así, un instrumento formidable de construcción de alianzas entre familias, lo cual explica la gran popularidad de la institución en las sociedades europeas, durante la Edad Media y la primera parte de la Edad Moderna.

La selección de los padrinos y de las madrinas, que se debían dar al nuevo nacido, representaba la ocasión para establecer nuevas redes de relaciones públicas. El bautismo era la ocasión del "don" del niño al padrino, quien, una vez aceptado el don, se hallaba en la situación de tener que corresponder. El ser compadre, en efecto, implicaba algunos deberes de conducta entre las partes, y la asunción de precisas obligaciones también financieras. 

En el curso de los siglos, las relaciones de padrinazgo acabaron por quedar despojadas de gran parte de su significado religioso; la parentela espiritual se volvió funcional al sistema de extensión y potenciación de las redes de relaciones familiares, amicales y sociales.

Desde el Concilio de Trento hasta el Vaticano II

En vísperas del Concilio de Trento (1545-1563), la Iglesia encontraba grandes dificultades para imponer su punto de vista a poblaciones, quienes ya habían elaborado una precisa noción de padrinazgo. Como si, una vez creada la institución religiosa, hubieran sido las poblaciones mismas quienes la habían revestido autónomamente de contenidos, significados y relevancia sociales. No era raro que decenas de padrinos y madrinas –sobre todo en el caso de nobles o ricos burgueses se agolparan alrededor de la fuente bautismal y, en muchos casos, la presencia de un padrino prestigioso era fruto de acuerdos precisos, para llegar a los cuales podía resultar necesario entablar largas negociaciones.

El Concilio de Trento intervino drásticamente, reduciendo los impedimentos matrimoniales, admitiendo la presencia, a lo sumo, de un padrino y una madrina y, con una finalidad igualitaria, insistiendo para que todos, también los expósitos, tuvieran al menos un padrino, lo cual, además, prueba que frecuentemente se bautizaban sin padrino.

En los sucesivos sínodos milaneses, varias veces se recomendó preocuparse de las cualidades morales de los padrinos, y de su obligación de atender a la educación cristiana de sus ahijados.

Evidentemente, también después de la reducción del número de los padrinos, la institución se utilizaba todavía para satisfacer exigencias no de tipo moral y espiritual, sino como instrumento para entablar alianzas y establecer relaciones, o sea, en fin, para satisfacer necesidades de naturaleza mundana y material.

El Concilio de Trento fue determinante para otra importante evolución. Los padres y los padrinos, por supuesto, no fueron dispensados de la responsabilidad de instruir cristianamente a sus hijos y ahijados, pero el Concilio, estableciendo la obligación, para cada párroco, de enseñar la doctrina cristiana a los niños todos los días de fiesta, introdujo un cambio de gran relevancia, que respondía a un problema de fondo: la formación impartida por padres y padrinos presentaba, cada vez, más carencias. Estaba ya lejana la época, descrita por la gran medievalista Régine Pernoud, en la cual la Iglesia confiaba en el hecho de que la instrucción en la fe se daba más como una impregnación que como un ejercicio del intelecto, porque estaba favorecida por un clima donde todo adquiría un significado religioso, y donde toda la vida era sacramental, así que la educación cristiana era un proceso espontáneo, una absorción natural de normas, valores y convicciones, que podía prescindir de agentes y momentos específicos. 

La disciplina introducida por el Concilio de Trento se ha mantenido hasta los años sucesivos al Vaticano II. La publicación del nuevo ritual, en 1969, ha puesto fin a la hipertrofia de la función de los padrinos, ciertamente más anacrónica aun cuando se piensa en la afirmación de la familia nuclear y a los protagonistas efectivos de la educación. El ritual actual redimensiona fuertemente la tarea de los padrinos y, en las anotaciones explicativas y en las normativas introductoras, vuelve a establecer la justa relación entre padres y padrinos, con la afirmación: "Por el mismo orden natural, el ministerio y las funciones de los padres en el bautismo de los niños está muy por encima del ministerio y funciones de los padrinos" (Praenotanda, 15).

Michele Chiappo

(Continúa) 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 





02/07/2016