Profundizaciones

 

 

 

SUSCITAR LA PREGUNTA/1

Una reflexión sobre los últimos cincuenta años



     

Este año, Emilio celebra el 50 aniversario de sacerdocio. En dos encuentros llevados a cabo en Roma en el mes de mayo, en los lugares donde ha crecido y ha desarrollado sus primeros años de ministerio–, ha hecho una relectura de estos cincuenta años transcurridos, que nos ayuda a comprender el momento histórico y eclesial actual.

La identidad cristiana

Al recordar las celebraciones muy abarrotadas, las procesiones, las fiestas patronales, las manifestaciones populares de cuando era muchacho, Emilio individúa en la cuestión de la identidad aquello de lo que hay que partir, para comprender el cambio epocal que se ha realizado en estos años. 

A partir de los años 40, hasta llegar al 68, el discurso de la identidad estaba muy fuerte. La Iglesia tenía un vigoroso impacto sobre la gente, así como lo tenía también la otra frente, la comunista. Nos sentíamos y proclamábamos cristianos o, alternativamente, comunistas. 

Emilio recordaba cómo, a los siete años, una vez salido de la escuela, pasaba la tarde leyendo los diferentes diarios de partido. Cuando Giuseppe Di Vittorio –uno de los máximos líderes del Partido Comunista Italiano–, cerraba la campaña electoral, la masa obrera invadía el barrio donde él entonces residía. 

Existía una identidad muy fuerte, y al mismo tiempo había un factor unitario, representado por cierto cristianismo latente común a todos. Durante uno de los encuentros de Di Vittorio, el párroco cerró la iglesia y comenzó a tocar las campanas. Y Di Vittorio respondió hablando de los mercaderes del templo, un motivo evidentemente religioso. Esto a confirmación del hecho de que uno se reconocía fundamentalmente en un mismo templo, vagamente percibido, que era siempre esencialmente cristiano. 

El famoso ensayo de Benedetto Croce Perché non possiamo non dirci "cristiani"[1] ("¿Por qué no podemos dejar de llamarnos 'cristianos'?") denota que –aunque de una manera que negaba la trascendencia y de un modo completamente atemático con respecto al dogma–, sin embargo, existía un reconocimiento extenso de esta identidad cristiana, y esto tenía una importancia enorme. Aunque uno no era "practicante" o no era "cristiano militante" (basta recordar las famosas boinas verdes de la Acción Católica de Carlo Carretto y de Luigi Gedda), existía esta muy fuerte conciencia de ser todos cristianos.

Esto estaba facilitado por las grandes aglomeraciones. El cine de plaza Verbano (Roma) estaba repleto, cuando se transmitía uno de los primerísimos programas televisivos: Lascia o raddoppia ("Deja o dobla"). Durante la transmisión del segundo tiempo de un partido de fútbol o de las llegadas del Giro de Italia, delante del bar del Parco Virgiliano, que tenía la radio con los altoparlantes externos, había al menos cuatrocientas personas atiborradas, para escuchar las famosas crónicas de Nicolò Carosio o de Mario Ferretti.

Todo esto se acabó cuando, a causa del progreso industrial, cada uno comenzó a tener su radio y, luego, cuando en cada casa se llegó a disponer de una o más televisiones, hasta llegar a la actual sociedad virtual. Las fiestas patronales, luego, han sido sustituidas por otras manifestaciones que, sin embargo, a su vez, han perdido también ellas su valor. Así ha desaparecido el fenómeno de la aglomeración.

La existencia precede a la esencia

En todos estos años, se ha continuado haciendo una pastoral de lo existente, fundada en la presuposición de una común identidad cristiana, y no nos hemos percatado de que lentamente los cimientos en que se fundaba ese tipo de sociedad estaban mellados, y que, antes o después, estos se habrían desplomado. No se ha comprendido que el punto que lentamente había desaparecido no era tanto la cuestión ética, sino el tema de las preguntas fundamentales de la vida, la misma visión antropológica. 

Cuando Simone de Beauvoir, la compañera de Jean-Paul Sartre, dice: "No se nace mujer, se llega a serlo"[2], revela ya el núcleo central del cambio del paradigma de inteligencia de la historia, y también de la pastoral, porque esta afirmación implica la supresión de la naturaleza, de la sustancia. Permanece tan solo la existencia. En efecto, es lo que declara Jean-Paul Sartre, es decir, que "la existencia precede a la esencia"[3] : una existencia en la cual el hombre no está ligado a nada, que se construye día por día, sin tener que responder a un fundamento, porque el fundamento es la misma existencia. Aquí está ya presente el principio, todavía no desarrollado, de la teoría del gender, según la cual el hombre elige ser, se autodetermina, no hay nada precedente a su existencia. Se autodetermina en un momento, y puede cambiar en el momento siguiente.

Es el discurso que Dostoevskij explicitó cuando afirmó: "Si Dios no existe todo está permitido". Si Dios no existe, no hay más ética, no hay más moral, un tipo de fidelidad o de honestidad, no hay más el fundamento de los valores. Hay un acuerdo, un contrato, una conveniencia, una utilidad en el hacer una cosa u otra, pero está faltando el fundamento.

Esto lo describió correctamente también Nietzsche cuando hablaba del hombre enloquecido, que pierde cada fundamento. Ya no hay un ser, no hay más una metafísica. 

El desaparecer de la identidad se vuelve más evidente aún con el derrumbamiento de las ideologías. Este es el motivo por el cual, también en política, se pasa con facilidad de un partido a otro, hasta el punto que Bobbio puso la cuestión si hablar de derecha y de izquierda tiene un sentido todavía[4]. Indudablemente, ciertos valores deben existir: sin ellos, sin algunas tendencias axiológicas, la política se derrumba y permanece solo la administración, que es realizada por los técnicos. Pero, de este modo, no hay más política.

Una generación traicionada

Hasta el 68, existía una identidad tan fuerte que por ella se daba también la vida. Entre los jóvenes de la resistencia y los de Saló había algo en común: el estar dispuestos a morir por un ideal.

El 68 y el 77 son los últimos períodos en los que los jóvenes están fuertemente comprometidos. Pero, luego, han sido traicionados. Grande es la responsabilidad de los "Maîtres à penser", de los intelectuales que han traicionado la generosidad de los mejores, usándolos, manejándolos, llevándolos al matadero, empujándolos a la violencia, para luego abandonarlos.

El 77 ha quemado una generación de jóvenes, que fue a parar a las cárceles. Y allí han sobrevenido la desilusión, el derrumbamiento, la crisis profunda que luego se ha transformado en la antipolítica. Mientras que antes el discurso de la identidad era fuertemente politizado, incluso en el vestido que se llevaba, lentamente se ha entrado en la privatización, en el intimismo. 

También en la Iglesia nacen, entonces, movimientos autorreferenciales, intimistas, donde la fe es tan débil que necesita estructuras, y frecuentemente se reduce a ellas.

Frente a la cruz

No se ha comprendido que las herencias se consumen lentamente. Y lentamente se ha consumido también la herencia del ser cristiano, porque "los cristianos se hacen, no nacen"[5], como decía uno de los grandes Padres de la Iglesia, Tertuliano. Y uno se vuelve tal por una elección libre. Uno puede ser cristiano sociológicamente, porque nace en una familia cristiana, pero se vuelve verdaderamente tal por medio de una respuesta personal, o sea, el acto de fe, que no es nunca un gesto sociológico o cultural, sino una respuesta del individuo frente a la cruz.

Es frente a Cristo crucificado, escándalo y locura (cf. 1 Co 1, 22-24), que el hombre hace su elección. Frente a Su cruz no hay diferencia de cultura, de raza, de edad, de clase social. Somos todos iguales, podemos aceptar o rechazar. 

Pueden existir formas culturales diferentes a través de las cuales se presenta la cruz. Entonces, se necesita distinguir el núcleo de la cruz de su envoltura cultural. Puede ocurrir que una persona rechace o acepte la envoltura cultural y no la cruz. El todo se juega con esta locura de Dios. Y este discurso se puede hacer solo si existe la fe. 

La fe atañe también al problema de la muerte, a la pregunta si con la muerte todo se acaba o, en cambio, comienza. Es necesario enfrentar también este núcleo fundamental, sin huir hacia tantos otros discursos que son también válidos, necesarios y justos. Debemos tener el coraje de interrogar, provocar, poner en crisis sobre este discurso, que un tiempo se consideraba consolidado. Cuando el párroco salía para llevar el Viático, con paraguas, sobrepelliz y estola, y con el monaguillo que tocaba la campanilla, todos se arrodillaban a su paso. Hoy la muerte está escondida, mientras que en tiempo de guerra, cuando una persona fallecía, en un bloque de apartamentos en el cual vivían casi ciento veinte familias, todos se sentían implicados y participaban. Hoy se muere, y el vecino del mismo rellano ni lo sabe. 

El desaparecer del problema de la muerte es índice del haber perdido la dimensión del más allá, de la escatología.

(A cargo de Achille Romani)

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)





[1] Es un breve ensayo escrito por Benedetto Croce en 1942, en "La Critica" del 20 de noviembre de 1942.

[2] El ensayo, publicado en Francia en el 49, llegará a Italia solo en el 61, pero será retomado en los años setenta y se volverá la indispensable etapa de una reflexión sobre el ser mujer, un mapa del pensamiento feminista.

[3] Es la famosa frase de El existencialismo es un humanismo, que Sartre retoma en El ser y la nada.

[4] Cf. N. Bobbio, Destra e sinistra, Donzelli, Roma, 1994.

[5] Tertuliano, Apologético XVIII, 4.

 

 
25/07/2016