Vida de la parroquia de Ypacaraí


 


SOLO PASANDO POR LA CRUZ SE PUEDE LLEGAR

A LA RESURRECCIÓN/1

En el Triduo Pascual, celebrado en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay), hemos caminado a la luz de las homilías de Emilio y nos hemos detenido a su sombra, contemplando una vez más cuánto Dios nos ha amado donándonos a sí mismo 

 


En las homilías de Emilio de la Misa del Jueves Santo hasta las del día de Pascua ha habido un solo hilo conductor, llave de lectura de cuánto Jesús ha vivido en sus últimas horas iluminando el camino de sus discípulos: "Solo pasando por la Cruz se puede llegar a la Resurrección".

Este tema, ya esbozado en el Domingo de Ramos, en la Pascua alcanza toda su plenitud.

Eucaristía y sacerdocio ministerial

En la Última Cena Jesús instituye la Eucaristía y conjuntamente el sacerdocio: se dona totalmente a los suyos en el pan y en el vino y envía a sus discípulos a hacer memoria de esto por todas partes y hasta el fin de los tiempos.

La Iglesia desarrollará, en el curso de los siglos, el tema del sacerdocio y llegará a distinguir el sacerdocio ministerial del sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo. El sacerdocio común de los fieles se actúa viviendo según la gracia conferida por el Bautismo y alimentada por la Eucaristía; el sacerdocio ministerial, en cambio, en el servicio al sacerdocio común.

Y precisamente para devolver a nuestra mirada y a nuestro corazón la dimensión del sacerdocio como servicio, la Iglesia nos hace revivir, en este día, el episodio de Jesús que lava los pies de sus discípulos. Quiere ratificar, de este modo, que Jesús instituye el sacerdocio ministerial no como poder, sino como servicio, para la edificación de su cuerpo que es la Iglesia.

Es la Iglesia la que nos abre el Evangelio y nos hace escuchar la palabra de Dios; es la Iglesia la que nos dona el Cuerpo de Cristo, la Eucaristía, y los sacramentos por medio de los cuales somos realmente hijos de Dios; es la Iglesia la que permite que se realice la caridad fraternal en la comunión, e invita a anunciar el Reino de Dios hasta los extremos confines de la tierra.

He aquí porque san Cipriano de Cartago, un Padre de la Iglesia del siglo III, afirmaba: "Nadie puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre" (La unidad de la Iglesia, 6).

Y hay más. Cristo se identifica con su pueblo, sobre todo con los más pobres (cf. Mt 25, 40), hasta el punto de decir a Saulo, que perseguía a los cristianos: "¿Saulo, Saulo, por qué me persigues?" (He 9, 4).

Volviendo al Cenáculo de la Última Cena, encontramos alrededor de Jesús a la comunidad de sus discípulos compuesta de pobres personas, "como las que hemos elegido nosotros para el lavatorio de los pies de esta noche", comentaba Emilio. Está Judas Iscariote quien lo traicionará, Pedro quien lo renegará; están los demás que lo abandonarán. Jesús, sin embargo, los ama y en ellos ama a todos nosotros, también a nosotros pobre gente como ellos. La Última Cena es el gran signo del amor infinito de Cristo. Mirando a los comensales, otro lo habría dejado todo y habría renunciado para siempre. Jesús, en cambio, no.

Esto ha sido subrayado fuertemente por Emilio: Jesús, "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final" (Evangelio de la Misa en Coena domini), nos ha enseñado que el amor nace de la Cruz. También nosotros, como Él, no debemos tener miedo, sino que ir hasta el final en el don de nuestra vida para los hermanos.

Pablo anuncia solo a Jesús y a Jesús crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos; pero para los que estamos llamados, sea judíos sea griegos, potencia y sabiduría de Dios (cf. 1Cor 1, 23-24).

Frente al misterio de Jesús crucificado no debemos tener miedo de nuestra pobreza, de nuestra miseria, porque es el Señor quien guía la "nave".

Somos todos pobres hombres ha continuado Emilio pensando en su comunidad parroquial de Ypacaraí que han puesto su confianza en el Señor; tenemos, sin embargo, aquella sabiduría que el mundo considera basura. Dios abre para todos nosotros horizontes siempre nuevos y nos conduce por senderos que nosotros no conocemos. Estamos seguros de que, mientras estamos hablando con pobres palabras humanas, el Señor está creando una nueva bella y magnífica página de la historia de la humanidad y de la Iglesia, precisamente aquí, en esta nuestra ciudad, porque nosotros amamos a Dios y sabemos que Él ha puesto su mirada sobre cada uno de nosotros.

Con esta seguridad, el Jueves Santo nos ha proyectado hacia el gran misterio de la Cruz de Cristo.

El beso a Jesús crucificado

En el centro del Viernes Santo está la Cruz de Cristo, que celebramos y adoramos, porque la Cruz manifiesta el amor de Dios.

Presentando el ejemplo de algunas personas de la parroquia que han pasado por el sufrimiento, el abandono y la muerte de sus hijos con gran fe, Emilio ha recordado que la cruz forma parte de la vida de todos los días.

Toda la historia de la salvación lleva a una verdad unívoca: lo que nos salva es el amor y el amor pasa por la cruz.

En Cristo, Dios se ha hecho hombre para que el hombre se volviera Dios. La vocación del hombre es llegar a ser como Dios. Esto significa que la vocación del hombre es el amor, porque, como nos enseña la Primera Carta de san Juan, Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él (cf. 1Jn 4, 8.16).

En la liturgia del Viernes Santo está el momento de la adoración de la Cruz: cada uno se acerca y besa a Cristo crucificado.

Es un signo muy simple, pero de gran profundidad.

San Bernardo abad, "último de los padres, pero ciertamente no inferior a los primeros", comentando el versículo del Cantar de los Cantares, "¡que me bese con los besos de su boca!" (Ct 1, 2), dice que con el beso hay comunicación del espíritu: "Adhiriendo a Él en el beso santo, por su condescendencia, formaremos con Él un solo espíritu" (III, 3, 5).

Es el momento más alto del amor: se dona el propio espíritu y se recibe el espíritu de quien nos ama. Por eso besamos la Cruz.

Leyendo los Evangelios, sobre todo el de Juan, vemos que es exactamente en la Cruz donde Jesús dona su espíritu: "Jesús probó el vino y dijo: 'Todo está cumplido'. Después inclinó la cabeza y entregó el espíritu" (Jn 19, 30).

El beso al Crucifijo es un gesto de suma sacralidad. Como Cristo dona a nosotros su espíritu, después de cumplirlo todo, así también nosotros tenemos que dar el beso a la Cruz después de haber hecho lo que teníamos que hacer.

Es un intercambio entre dos personas que se comunican la vida, esa vida que no muere. Y este intercambio ocurre precisamente cuando Jesús es crucificado.

Para donarnos el beso y comunicarnos su Espíritu, Dios se ha debido inclinar sobre la humanidad. En Jesús se ha hecho realmente uno de nosotros, siervo obediente, anulando la distancia que nos separaba de Él. En la relación del hombre con Dios, ya no se puede hablar más de superioridad e inferioridad. El beso es el encuentro entre dos libertades y, como Jesús comunica a nosotros su espíritu, así también nosotros le comunicamos el nuestro, en un intercambio fecundo de vida.

Dios da todo al hombre, como Dios; el hombre le da todo, como hombre.

En el beso a la Cruz, en este acto de adoración queremos afirmar todavía que la Cruz es el camino privilegiado que lleva a la Resurrección. Y aceptamos, así, entrar en la noche y en el silencio para esperar las primeras luces del alba y el anuncio radioso de la Resurrección.

Cuando todavía estaba oscuro

En esta espera, el hombre experimenta toda su debilidad.

La palabra "Pascua" significa "paso" y, en la tradición bíblica, el paso del Señor por las casas de los hebreos y luego, atravesando el Mar Rojo y el infinito desierto, su paso de la esclavitud a la libertad, para llegar a la tan deseada Tierra Prometida.

Esto está puesto de relieve, en la liturgia, con los varios términos y símbolos que están en contraste y en oposición entre ellos: tiniebla y luz; fuego y agua; sepulcro cerrado y sepulcro encontrado abierto y vacío; muerte y vida; piedra desechada por los arquitectos que se vuelve piedra angular (Salmo responsorial de Pascua).

Estas oposiciones a través de las cuales se desarrolla el misterio que celebramos, entendido como "paso" nos recuerdan que la vida es una lucha, y que estamos invitados a enfrentar todas las contradicciones y a ganarlas, con la gracia de Dios.

La vida del hombre no está hecha solo de cosas bellas, sino también y, sobre todo, de problemas que lo llevan a la tristeza y, a veces, a la desesperación. En esta situación existencial, el hombre tiene que saber encontrar ese equilibrio interior que le permita enfrentar todos los obstáculos con responsabilidad y trascendencia. El hombre es capaz de pasar de momentos de extrema euforia a otros de absoluto desaliento, dejándose caer en un optimismo exagerado o en un pesimismo desconsolado que le hace correr peligro de no hacerle ver ningún escape.

Y mirando todas las situaciones de sufrimiento que atraviesan la vida, última de las cuales la muerte, el coraje desaparece y con él la esperanza. En este estado, el hombre pierde el sentido de la vida.

Por otra parte, un gran escritor, Albert Camus, en su obra El mito de Sísifo, sostenía que, frente al absurdo de la vida, el único problema filosófico serio es el del suicidio.

Y no son solo palabras, porque si miramos cuidadosamente la realidad, nos damos cuenta de que existe un suicidio lento causado por el desprecio que el hombre tiene de la vida: come sin control, maneja sin respetar las normas y de modo imprudente, daña de mil modos su salud, se abandona a juegos extremos y a otras cosas de este tipo. La vida no cuenta nada. Parece que el tiempo en que vivimos es un tiempo del rechazo de la vida.

Este estado de impotencia esconde, sin embargo, también una gran seguridad porque el hombre moderno confía mucho en sí mismo, habiendo asumido los rasgos de Narciso, joven personaje de la mitología griega que se enamora de su imagen reflejada en el agua de un lago y se ahoga, en el deseo de alcanzarla, en un impetuoso impulso de amor, porque no podía amar sino aquella, que no era otro que él mismo.

Otro aspecto de este cierre, ha recordado Emilio, es la eliminación de Dios de la vida del hombre. "Si Dios no existe, todo está permitido", decía Dostoevskij en la novela Los hermanos Karamazov. Todo está permitido, también las cosas más atroces, porque el hombre se convierte en ley para sí mismo.

Rechazando el amor que lo abre a los demás, el hombre se cierra en sí mismo, como en un sepulcro.

(A cargo de Sandro Puliani)

(Continúa)

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 



18/04/2018