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de Emilio Grasso




DÉJENNOS NUESTRO FUTURO

Reflexión sobre una tragedia familiar


 

Uno de los principios básicos de la pastoral en la ciudad de Ypacaraí (Paraguay) es el de una sana laicidad.

Sana laicidad quiere decir la distinción, que no es la separación, entre las esferas de competencia de las diferentes instituciones que actúan en la ciudad, entre las cuales la parroquia es una de las tantas, pero ciertamente no es la única.

Repetimos varias veces que, para ser respetados, debemos saber respetar y no invadir las competencias de otras esferas institucionales.

Por razones histórico-culturales, que tienen su origen en el lejano tiempo de la así llamada "Conquista" y de la primera evangelización en América Latina, se ha creado una mentalidad clerical (que luego encuentra su contraparte en una mentalidad laicista y anticlerical) que considera la palabra del cura un absoluto histórico, sin mediaciones culturales y con una invasión en ámbitos que tienen su propia autonomía.

A veces nos toca movernos sobre lo que solemos llamar el borde de un barranco.

Aunque ciertos principios teóricos pueden ser bastante claros, lo que cuenta en la opinión de la gente son la palabra y el gesto aplicados a realidades concretas.

Una ulterior dificultad es la del confronto con otras posiciones, manifestadas en el interior de la misma Iglesia, posiciones que muchas veces invaden ámbitos que no son de nuestra pertenencia, en búsqueda de un fácil consenso de sabor demagógico y de aquel "querer que todos te amen, sin crearse enemigos", que a menudo va en detrimento de la verdad, apunta a lo inmediato y, a la larga, se vuelve en contra de quienes actúan.

Una terrible tragedia

El 26 de diciembre de 2018, en el barrio Santa Rosa de Ypacaraí, muere un hombre de 59 años durante el incendio de su casa que él mismo había provocado, haciendo explotar un bidón de combustible.

Epifanio, este es el nombre del hombre, muere junto con su hija Sara Claribel de 14 años, mientras permanecen gravemente quemadas la otra hija Fátima María de 21 años y su esposa Francisca de 50 años.

El día después Francisca, que tenía el 95 % del cuerpo quemado y los pulmones dañados a consecuencia de la inhalación de gases tóxicos, falleció en el Centro Nacional del Quemado.

El 4 de enero de 2019 muere también Fátima María.

Solo Karina, la hija mayor de Epifanio y de Francisca, se salva de esta matanza. En efecto, Karina ya no vivía en la casa paterna y había denunciado, junto con su madre Francisca, a su padre Epifanio a las autoridades competentes, por violencia familiar.

Frente a esta auténtica tragedia familiar que afecta la ciudad de Ypacaraí, todos esperan para ver cuál será la posición que tomará la Iglesia.

Para agravar el contexto ya altamente conflictivo, se añade el hecho de que ambas denuncias habían sido elevadas por la Policía al Juzgado de Paz, donde, sin embargo, los expedientes supuestamente se extraviaron, por lo que la Jueza de Paz no emitió ninguna resolución al respecto.

Pobladores de la ciudad de Ypacaraí se movilizaron y exigieron la destitución de la Jueza de Paz.

La Iglesia celebra solo la vida

La situación está tensa y delicada.

En la tarde del 26 de diciembre los cuerpos calcinados de Epifanio y de Sara Claribel regresan a dos casas diferentes.

La misma noche me presento en la casa de los padres de Epifanio, donde ya ha empezado el velorio para este hombre.

Pido permiso para entrar y, como primera cosa, abrazo a los viejos padres y a todas las personas presentes.

La tragedia repentina ciertamente ha agudizado los dolores y quizás incluso algunos viejos resentimientos.

Repito lo que todos en Ypacaraí, al menos una vez, me escucharon decir.

Tengo respeto por todas las diferentes funciones. Pero nadie puede pedirme que sea y represente lo que no soy: no soy un juez; ni siquiera un comisario de policía; no soy el abogado de nadie; no he recibido el don de leer en el corazón de los demás y, por eso, no juzgo a nadie. Tampoco amo recoger chismes en los basureros y me gusta hablar con las personas no de forma anónima y sin mirarnos, porque me encanta hablar directamente.

Es por eso por lo que no aguanto los procesos a los muertos. Es cobarde e injusto procesar a los muertos.

Digo a vuelapluma lo que repito cada vez que celebro los responsos o los aniversarios de los difuntos. Y mi discurso no cambia. Siempre es el mismo: la Iglesia no celebra la muerte. Nunca.

La Iglesia celebra solo la vida. Y es por eso por lo que la Iglesia no habla a Sara Claribel, Fátima María, Francisca y Epifanio.

La Iglesia habla a nosotros que hoy podemos escuchar y contestar. Que podemos tomar una decisión en un sentido u otro. Respecto a quien ha muerto, la Iglesia se calla.

En este momento, a Sara Claribel y a Epifanio es Dios mismo quien les está hablando. Y cuando Dios habla, todos debemos callarnos y no molestar este diálogo de amor entre el Padre y sus hijos.

No tengo nada de lo mío que decir. Yo también soy solo un pobre hombre y no tengo en mis manos las llaves de la vida y de la muerte.

Este discurso continuará en los días siguientes porque, en Paraguay, tenemos la bella tradición de concluir el responso al final del noveno día desde la muerte de la persona en cuestión. Después se celebrarán varios aniversarios.

Ahora se ha creado una corriente de escucha atenta.

Los abrazo a todos y los llamo a todos por su nombre, pidiéndoles que ellos también me llamen por mi nombre.

El último día del novenario, subrayo el hecho de que el 26 de diciembre, el día en que arde la casa de Epifanio, Francisca, Fátima María y Sara Claribel, es el día en que la Iglesia celebra el martirio de san Esteban.

La muerte: encuentro entre Dios y el hombre

El hombre puede llegar a comprender hasta el límite de la muerte. Pero, el instante de la muerte coincide con el encuentro entre Dios y el hombre. En ese instante, Dios se hace presente al hombre en toda su plenitud, en un encuentro en el lecho nupcial, donde solo el Esposo y la Esposa están uno frente al otro.

En la liturgia la Iglesia re-actualiza el acontecimiento que anuncia. La liturgia nos hace contemporáneos de ese acontecimiento y ese pasado se nos presenta como el hodie Dei (el hoy de Dios).

Aquel 26 de diciembre hemos escuchado la lectura de los Hechos de los Apóstoles. Esta nos cuenta que, en el momento en que Esteban moría y gritaba a voz en cuello: "Señor, no les tomes en cuenta este pecado", estaba un hombre llamado Saulo. Y Saulo aprobaba la lapidación de Esteban.

¿Qué sabemos del momento de la muerte de Sara Claribel? ¿Por qué no leer esta muerte a la luz del martirio de Esteban? ¿Quién nos impide decir que, en ese momento límite, como la oración de Esteban tocó a Saulo, así el grito de dolor de Sara Claribel haya iluminado el corazón de Epifanio y disipado las tinieblas que lo enceguecían? ¿Por qué no pensar que la misericordia omnipotente de Dios haya permitido la entrada en el salón del banquete de la fiesta a Epifanio, acompañado de Sara Claribel?

Durante la última celebración quise que Karina y su novio Antonio estuvieran a mi lado.

Imploré públicamente a Karina que perdonara a Epifanio, que lo acogiera en su corazón.

Les dije a Karina y a Antonio que debían vivir.

En su historia de dolor, cenar con nosotros algunos días después, fue para ellos un acontecimiento único.

Y también mi Comunidad debe seguir viviendo para permitir a los muchos Karinas y Antonios, que nunca han conocido en sus vidas un momento de "dulce sentir", el don de una amistad y el perfume de un don que les haga comprender que existen.

Una actitud clerical habría empezado sustituyéndose a César para buscar al culpable de esta historia.

Quizás nos sustituíamos al poder judicial del Estado para cavar zanjas aún más profundas, para encontrar un chivo expiatorio cualquiera que apagara el dolor de Karina.

O, lo que es peor, habría empezado un proceso a los muertos negándoles, de hecho, su derecho a la defensa.

El derecho evangélico a soñar

En lo que generalmente se suelen llamar "los siglos oscuros de la Iglesia" (pero quizás ¿no son los tiempos de la Iglesia, y no los serán siempre hasta que el Señor vuelva en su gloria, al mismo tiempo, oscuros y luminosos?...), por obra de un papa (Esteban VI), se hizo desenterrar a uno de sus predecesores (el papa Formoso), que fue revestido con paramentos papales, fue atado al trono pontificio mientras -según la historia- los gusanos salían de su cuerpo podrido. Fue procesado y condenado... a muerte, previa la amputación de los dedos de la mano que, cuando vivía, elevaba como signo de bendición.

Aquel proceso ha pasado a la historia con el nombre de "Concilio cadavérico".

La Iglesia habla a los vivos, no desentierra y procesa a los muertos.

Con la muerte el tiempo de lo que debíamos decir y hacer ha terminado definitivamente.

Por cierto, no será una forma cualquiera de damnatio memoriae (condena de la memoria) lo que le restituirá a Sara Claribel sus 14 años.

Y no le quitemos a Karina, encerrándola en el recuerdo rencoroso de un pasado, su derecho evangélico a soñar, a vivir, a construir, a esperar, a amar. El tiempo que nos pertenece es el hodie Dei.

Es verdad que no hay futuro sin memoria. Pero tampoco es menos cierto que no hay futuro sin perdón, sin misericordia, sin reconciliación.

A aquellos que quieran encerrarnos en la jaula de un pasado sin esperanza, debemos responderles con las palabras de un héroe de la independencia irlandesa, Michael Collins: "Mantengan bien su pasado, pero déjennos nuestro futuro".


13/03/2019